Panadero certificado

Por si alguien no se acuerda, hace ahora algo más de un año el mundo se fue a la porra por culpa de la COVID-19 y para sobrevivir a la pandemia nos tocó encerrarnos en casa y salir lo menos posible. Al principio pensábamos que iba a ser un par de semanas, pero ya llevamos catorce meses pasando la mayor parte del tiempo entre las mismas cuatro paredes (con ligeras diferencias según las restricciones de cada sitio y lo que cada uno se pasa por el forro dichas restricciones y las recomendaciones de los científicos).

Amasadora e ingredientes preparados para hacer pan
La mise en place, muy importante en esta vida para que las cosas salgan bien.

Catorce meses dan para mucho. El curso escolar vienen a ser nueve meses, y si recortas que al principio se hace poco porque hay que coger ritmo, que al final se hace poco porque ya de lo que hay ganas es de verano, que si las vacaciones, los días de pellas, los días que vas pero no prestas atención, y los días que vas pero el profesor se pasa el rato hablando de sus cosas en vez de de lo que tiene que enseñar; pues al final catorce meses son básicamente como lo que se aprovecha de dos años lectivos. Y ahí está la palabra clave: aprovechar.

En algún momento de la pandemia todos hemos intentado aprovechar el nuevo orden mundial para hacer algo: aprender una nueva habilidad, lanzar un podcast, leer un tochaco de libro que pesa demasiado para el metro, ver todas las temporadas de una serie del tirón… o todo eso y más, que insisto que catorce meses dan para mucho. Y tiene sentido, porque esta pandemia nos ha pillado en el siglo veintiuno con un montón de opciones disponibles (y en muchos casos gratis) gracias a nuestro amigo, salvador y señor Internet. En 1918 cuando pasó lo mismo con la gripe española la mitad de la gente de lo que se moría no era del virus sino de aburrimiento.

Así que como cualquier hijo de vecino, mi cacho-carne se buscó algo que hacer para no perder la cordura y para que la vida no fuese sólo trabajar y cuidar del cachito-carne (que le queremos mucho pero la mente necesita un descanso también). Mientras unos se metían para el cuerpo cursillo tras cursillo de Python, JavaScript, Data Science y demás cosas para que el perfil de LInkedIn quede resultón; y mientras otros se veían todo el catálogo de Netflix, Prime y Disney+; mi cacho-carne se ha hecho un curso de pan.

Que sí, que ya sé que el 90% del mundo occidental ha aprovechado algún periodo de la pandemia para aprender a hacer pan, pero esto es más especializado y un poco más intenso. Y un buen broche a casi 10 años desde el primer pan y nueve desde que compramos el primer libro para aprender a hacer pan porque la cosa iba en serio. Que no es una carrera meteórica ni mucho menos, no hace falta que me lo digáis vosotros, pero hace ilusión tener el reconocimiento oficial.

amasadora de pan
La amasadora, trabajando a tope.

El curso en cuestión es una adaptación al mundo COVID-19 de un certificado que tiene George Brown College como parte de su programa de Baking Arts, que literalmente es «artes de cocimiento» pero que lo suyo es traducirlo como «Repostería y Panadería». Normalmente hacen una clase a la semana durante nueve semanas, preparando dos tipos de pan por clase desde pan de molde hasta fougasse. Al pasarlo al formato online han mantenido la misma estructura de nueve lecciones y dos panes por sesión, pero han eliminado el requisito de hacerlo en nueve semanas… lo que ha permitido a mi cacho-carne tomarse las cosas a su ritmo y hacer el curso en nueve meses.

¿Podía haberlo hecho mucho más rápido, y sacarle más jugo a los meses de pandemia? Pues seguramente, para que nos vamos a engañar. Pero se han juntado varios factores a tener en cuenta:

  • El típico «como no tengo fecha concreta, ya lo hago cuando tenga tiempo». Amigos, el tiempo se saca cuando hace falta, si no siempre sale algo más.
  • Los horarios de las siestas (las del cachito-carne, se entiende) porque nos limitaban la capacidad de poner el robot de cocina a tope a amasar. El cacharro hace su buena cantidad de ruido, y está en una mesa del Ikea muy práctica pero que no aguanta fija toda la fuerza amasadora y golpea contra la pared, haciendo más ruído… y para quienes no lo habéis vivido, para unos padres la hora de la siesta de un pequeñajo es lo más sagrado que existe.
  • El también típico «esta receta está muy bien, eh, voy a hacerla cuatro veces seguidas y a llenar el congelador». Así es difícil avanzar, aunque se puede defender que estás haciendo más prácticas.
  • Las recetas que no se pueden dejar de hacer así porque sí. En esta casa hay unas expectativas muy altas para el pan del día a día, hay una receta de masa de pizza cuidadosamente escogida, y hay que hacer cebollitos (unos bollitos de cebolla muy populares) de forma regular. Así que había que encajar horarios del cursillo con el plan habitual.
  • Que podían haber dicho al principio del curso que el proyecto final era presentar la prueba gráfica de que ibas haciendo los panes, y unas notas sobre las recetas. Vamos, podíamos haber estado documentando todo desde el primer día y ahorrarnos un par de meses al final de repetir panes.

Pero vamos, que esto no era una carrera, y de lo que se trataba era de aprender (que se ha aprendido tela), hacer nuevas recetas (unas ya forman parte del recetario familiar, otras vamos a ignorarlas porque ni fu ni fa), y tener buen pan para comer todos los días (que nos hemos puesto las botas). Y tener un papelito que colgar en una foto de Instagram para decirle al mundo que mi cacho-carne hace buen pan y que a ver si pone alguien la sobrasada para completarnos la merienda.

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