Sudores fríos en una estación de tren de Sri Lanka

Una de las buenas decisiones que tomamos cuando fuímos a Sri Lanka fue gastarnos unos buenos dineros en Dukoral, que viene a ser una vacuna contra la cagalera del turista por culpa de la cual tantos viajes de tantísima gente se han ido por el váter. Y aunque estas cosas nunca funcionan al cien por cien y somos conscientes de que pese a la inversión podíamos haber pasado muchas horas sufriendo en cualquier baño, la verdad es que no tuvimos problemas…. salvo una tarde en una estación de tren.

El viaje estaba ya en las últimas. Acabábamos de pasar unos días estupendos en Hikkadua y esa tarde nos tocaba ya coger el tren a Colombo para volvernos a Canadá. Para no liarla, y porque no teníamos mucho más que hacer, nos plantamos en la estación con un par de horas. Nos buscamos un banquito a la sombra, sacamos los libros electrónicos y nos preparamos para pasar el rato hasta que llegase el tren.

Y mientras pasaba el rato, el estómago de mi cacho-carne empezó a hacer ruidos raros. De esos que al principio ignoras y luego intentas disimular. Un poquito después hacen que te de la risa floja, de repente empiezas a pensar si aguantarás, te entran los sudores fríos… y en un abrir y cerrar de ojos estás corriendo por el andén deseando que en la estación hayan puesto los carteles del baño en inglés porque no está la cosa como para pararse a traducir o preguntar.

Es un momento en que el cerebro, que un segundo antes podía estar leyendo el libro más sesudo del mundo, entra en modo supervivencia. Por ejemplo, el cerebro de mi cacho-carne decidió en ese momento que era im-pres-cin-di-ble llevarse al baño la mochila de la cámara de fotos para que la cacho-wife no tuviese que estar preocupada de si venía alguien a robarla. Por suerte el cerebro de la cacho-wife estaba a pleno rendimiento, y tuvo los reflejos de darnos un buen rollo de papel higiénico sin el cual no quiero imaginarme cómo habría acabado esta aventura.

Volviendo a la carrera de mi cacho-carne, los baños estaban bien indicados. Y sin tonterías modernas de esas de tener que poner una moneda en un torno o ir a pedirle la llave a alguien. Así que ahí no tuvimos problemas. Fue más al entrar al propio baño cuando la cosa se puso chunga.

Habiendo estado a lo largo de mi vida en aseos públicos de más de veinte países viajando de mochilero y haciendo camping, el recuerdo de aquel baño los sigue poniendo a todos en perspectiva: una habitación pequeña en la que hacía un calor húmedo que no ayudaba en nada con los sudores fríos que nos habían llevado hasta allí, con un agujero en el suelo, con moscas zumbando de un lado a otro, y con un grifo con una manguerita sucia colgando de la que recuerdo pensar que muy mal se tenían que dar los siguientes cinco minutos para que la tocásemos. No digo nada de cómo estaba el suelo, pero vamos, que no había dónde poner la mochila.

Así que imaginaos la escena de mi cacho-carne intentando no tocar ninguna superficie, preguntándose si para el equilibrio es mejor la mochila a la espalda o colgada por delante, haciendo unos malabares dignos de El Circo del Sol para mantener los pantalones lo suficientemente bajados para que no interfiriesen pero sin que se cayesen al suelo (porque entonces no quedaba otra que quemarlos), con el rollo de papel higiénico en la mano… y con los ojos cerrados deseando que todo saliese bien porque aún nos quedaban varias horas de tren hasta Colombo y la ducha más cercana.

Pues oye, como todo en aquel viaje la suerte estuvo de nuestro lado, y diez minutos después estábamos otra vez en un banquito a la sombra leyendo tranquilamente para pasar el rato hasta que llegase el tren.

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