La mejor croqueta de Toronto. Y no lo dice mi abuela.

Una de las cosas en las que todo inmigrante español está de acuerdo es que el mundo exterior necesita más croquetas. Iría incluso más lejos: el mundo necesita más educación sobre lo que es una croqueta. De alguna forma los guiris entienden a la perfección cosas como «San Fermín», «la Tomatina» o «este sábado se juega El Clásico», pero nadie se ha parado ha explicarles cosas más necesarias como qué es una croqueta o cómo pedir una cerveza en España.

Y lo de las croquetas duele especialmente, porque todavía no he conocido a nadie a quien no le guste una buena croqueta. Algunas veces algún guiri desinformado te dice que eso es muy patatoso y tal, pero lo dicen porque se confunden con las croquettes francesas, que sí suelen llevar patata y obviamente no le llegan a la croqueta española a la suela del zapato.

Pero bueno, dudo que tenga que explicaros que las croquetas son un inventazo.

Volviendo a lo de ser inmigrante, y más cocretamente a ser inmigrante en Toronto, a los españoles que estamos nos unen el amor por las croquetas y la búsqueda eterna de cosas que hacer durante el Invierno Canadiense™. Porque en España es muy fácil montarse un plan y quedar para tomar algo en alguna terracita, pero aquí en invierno ni terracita ni emperaturas por encima de 0° centígrados. Así que el año pasado nos inventamos el concurso de croquetas «Croqueta de Oro de Toronto».

La cosa empezó con una discusión gastronómica de lo más normal, alrededor de la croqueta. Como buena conversación española fue derivando hacia el «pero tú que dices», «no tienes ni idea» y «cuando quieras hacemos un concurso y lo probamos». Y tres días después ya teníamos fecha, normas de participación, cartel oficial y hasta premios.

Las normas del concurso quedaron bastante sencillas:

  1. Para estar presente, había que llevar croquetas y participar en el concurso. La idea era evitar que se nos llenase de listillos que venían a hacer de jurado y ponerse las botas (idea que se nos había ocurrido ya a todos, claro). También sirvió para evitar el «es que en casa las hace mi pareja», y sobre todo para que comiésemos hasta reventar.
  2. Cada concursante tenía que hacer al menos una croqueta por participante (al final fuimos nueve). Más que nada porque todos eramos también parte del jurado, así que para tener todos los votos era necesario que todo el mundo pudiese catarlas.
  3. Las croquetas eran todas anónimas. Para evitar favoritismos se hizo la cata a ciegas de forma estricta y con absoluta profesionalidad, que como con la cata de croissants es lo que pasa cuando la cacho-wife participa en estas cosas y se trae el trabajo a casa.
  4. Las croquetas debían freírse todas en el propio concurso, para competir en igualdad de condiciones. Esta norma tuvo más debate, porque hay quien defiende que las croquetas frías están al mismo nivel (o son incluso mejores), pero al final se decidió que lo más justo era hacerlas todas del tirón. Eso sí, cada concursante tenía que freir sus propias croquetas.
  5. Las categorías de puntuación eran: presentación, textura y sabor. Ojo, que el sabor no era sólo «está rica sí o no», sino que había que considerar si el sabor cuadraba con los ingredientes. Por ejemplo, una croqueta de jamón y champiñón que sólo sabe a jamón perdería puntos por mucho que supiese a Guijuelo puro.
El jurado, muy serio en todo momento.

Y eso, que quedamos una tarde y nos pusimos hasta las trancas de croquetas, y luego dijimos cuál nos había gustado más. A mí me habría gustado que después de probar cada croqueta la debatiésemos, pero como todos los jueces éramos también competencia eso habría dado lugar a obvios intentos de manipulación. Y también tuvo su gracia ver a todo el mundo callado probando croquetas sin parar y escribiendo sus notas.

El caso es que el nivel de croquetismo fue muy alto, y eso quedó claro en las puntuaciones que salieron tras hacer el recuento de votos. Nos habíamos puesto las votas muy a gusto y todas nuestras madres y abuelas podían estar orgullosas.

Peeeeero tenía que haber un ganador (y una abuela más orgullosa), porque somos muy colegas pero también competitivos que te cagas. Y ahí es donde mi cacho-carne tocó el cielo: sus croquetas de bacalao ganaron con indiscutible ventaja el primer premio y la categoría «como las de mi abuela»*. Podéis aplaudir antes de seguir leyendo.

En lo más alto del podio.

Y digo que tocó el cielo porque para mi cacho-carne ganar un concurso de croquetas es como para Marc Gasol ganar el anillo de la NBA y el mundial todo en el mismo verano.

Por un lado, porque lleva las croquetas en la sangre. Los cacho-abuelos vienen a buscarnos al aeropuerto con un tupper de croquetas (aunque la última vez nos hicieron trampa porque dijeron que sólo es para vielos transatlánticos), por el lado materno siempre hay croquetas en las reuniones familiares, y por el paterno se hizo una vez una «croquetada» de la que yo creo que algunos aún no se han recuperado del todo. Y tras el éxito de las navidades pasadas, yo creo que las croquetas son ya la nueva tradición en el menú familiar de la familia de la cacho-wife. Vamos, que el cachito-carne es 25% croqueta.

Pero por otro también está el reconocimiento al esfuerzo croquetil. Mi cacho-carne hizo sus primeras croquetas en Ottawa en 2008 y se calificaron de fracaso. A falta de jamón se le ocurrió hacerlas de carne picada, y aquello parecía una de esas cosas de fritanga de bar americano tipo «a ver cómo podemos hacer algo como la hamburguesa pero que te colapse mejor las arterias». No digo más que la cacho-wife, que probaba las croquetas por primera vez, les puso ketchup (con lo que mejoró sustancialmente el plato, todo hay que decirlo).

La croqueta de oro. Gracias por tanto, abuela.

Desde entonces ha habido decenas de explosiones en la sartén, días que la bechamel estaba demasiado líquida, o demasiado salada, o que no sabía a nada. Mensajes de WhatsApp con la cacho-abuela, preguntas a la cacho-bisabuela cada vez que la hemos visto, vídeos de Internet para mejorar la técnica… y calculando a ojo probablemente más de mil croquetas entre pecho y espalda.

Así que sí, ganar la Croqueta de Oro de Toronto en un concurso de una tarde con unos amigos es una de las mayores alegrías en la vida de mi cacho-carne.

Larga vida a las croquetas.


*Había varios premios, y muchas croquetas que merecen una mención especial en un rinconcito de Internet… pero oye, este es mi blog.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *