Sri Lanka (3/4): el viaje en tren más bonito del mundo y el paraíso de Ella

Para ir de Kandy a Ella lo mejor es el tren. Además de ser barato y práctico, se dice que es uno de los viajes en tren más bonitos del mundo, y como podéis ver en las fotos no es un título que se le haya dado a la ligera.

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El viaje en tren más bonito del mundo.

Como decía en el primer post del viaje, todo lo que hayáis oído o vivido de los trenes de la India es cierto para los trenes de Sri Lanka, y sobre todo para este trayecto. Simplemente conseguir billetes y subirse al tren fue una experiencia en sí misma.

Tratando de ser buenos planificadores, fuimos a comprar los billetes el día anterior… per nos dijeron que naranjas de la china que a esas alturas ya sólo quedaban billetes de los de comprar en el mismo día del viaje. Si soy sincero, no llegamos a entender ni las fechas ni el proceso para comprar billetes con antelación, así que creemos que es uno de esos trucos que se guardan para los locales. Específicamente, para los locales que trabajan con tours organizados.

Así que nos plantamos en la estación bien temprano a la mañana siguiente. Mismo plan que otros trescientos turistas en la misma situación, obviamente, pero me enorgullece decir que estábamos allí de los primeros, bien colocados para ver cómo el vendedor de billetes desayunaba en vez de atender a la masa de gente que estaba allí esperando. Nos acompañaba una pareja de jubilados escoceses que conocimos en Kandy y que estaban recorriendo el mundo, con quienes hicimos equipo para cubrir todas las opciones de ventanillas para los billetes. Básicamente, ponernos a la vez en la cola para billetes de primera y segunda clase, y en la cola de billetes de tercera; y evitar que se nos colase nadie.

Lo de ir en primera, segunda o tercera clase se supone que tiene ventajas tipo asiento reservado o mejor aire acondicionado. En la práctica, la diferencia es prácticamente nula porque cuando llega el tren te subes donde puedes y si funciona el ventilador del vagón ya te das por contento. Y además, la diferencia de precio entre uno y otro son unos céntimos, así que de verdad que da igual y lo único que necesitas es un billete, fuerza (de voluntad y de la otra) y algo de picardía para subir al tren. Al final conseguimos billetes de segunda gracias a que la cacho-novia no dejó que se la colara un tipillo que iba de listo.

Una vez en el tren, eso obviamente está a rebosar entre gente local haciendo su viaje normal de ocho horas y los turistas en pleno ataque de ansiedad pero intentando disimular que les parece que la experiencia es maravillosa. Pero en realidad al final casi todos los que nos subimos en Kandy acabamos yendo sentados la mayor parte del viaje, y conseguimos hasta ventanas para disfrutar del paisaje y hacer fotos. Muchas fotos, porque con un tren que a ratos va más despacio que una bicicleta (como no teníamos otra cosa que hacer lo calculamos científicamente) te da tiempo a hacer todas las que quieras.

Además de eso, leímos un buen rato, charlamos con otros turistas y vimos pasar cestas llenas de comida con pinta estupenda (la pena es que como buenos planificadores nos habíamos hecho ya bocatas). Con los locales hablamos poco por la barrera del idioma, y además en el tren es en el único sitio donde vimos a los esrilanqueses ser algo menos que los más majos del planeta. Vimos hasta a una madre pidiendo un asiento para su hija embarazada que nadie le cedió excepto la cacho-novia, que es un cacho-pan también.

Pero como decía al principio, lo verdaderamente increíble son las vistas. La mayor parte del tiempo vas entre montañas llenas de plantaciones de té, con lo que todo lo que ves es kilómetros de un verde espléndido salpicado con gente recogiendo las hojas, pueblos pequeñísimos y estaciones de tren salidas de novelas de la Inglaterra colonial. No puedo asegurar que sea el viaje en tren más bonito del mundo, pero desde luego es el más bonito que yo he hecho.

Ella, un pequeño paraíso

Hay varios pueblos estupendos por esas montañas, y nosotros nos quedamos en Ella pese a que alguien nos lo había descrito como “Cancún a lo esrilanqués”. Era una opinión frente a todo lo demás que habíamos leído, y según las fotos de Google Street View (vaya inventazo) sí es verdad que en la misma calle hay seis bares… pero es que el pueblo es poco más que esa calle y todo lo demás son casitas esparcidas por la montaña. La verdad es que creo hicimos bien en ignorar esa opinión. Aquí va una foto de las vistas de nuestra habitación para que os hagáis una idea.

Vistas desde la habitación.
Desde ahí se ven Ella Rock y Little Adam’s Peak, nada menos. Y la foto está echa desde la cama.

Cuando nos bajamos del tren (es fácil saber la parada, porque es donde se baja medio millón de mochileros) estaba lloviendo, los tuks-tuks de la estación volaban y los pocos con los que hablamos pedían una millonada (haciendo el cambio, calculo que unos cuatro dólares más de lo que pensabamos era el precio justo…). Vamos, que tuvimos diez minutos de crisis hasta que conseguimos un tuk-tuk, llegamos a nuestra guesthouse y nos dieron un té estupendo con esas vistas. Y todo arreglado.

Mientras nos tomábamos el té empezamos a charlar con los otros huéspedes, una pareja holandesa. Y claro, siendo holandeses instantáneamente teníamos algo de lo que hablar, que si a alguien le gusta nuestra historia de cómo nos conocimos es a los holandeses. Sobre todo si la salpicamos con un par de kaas, twee beerje y dank u wel como si te encuentras un guiri en Uganda y al enterarse de que eres español dice croquetas, sangría y olé. Si es que al final todos somos igual de guiris.

Unos minutos después llegaron otros huéspedes y… ¡sorpresa! era la misma pareja escocesa de Kandy, así que también instantáneamente nos llevamos bien y lo primero que hicimos fue enumerar los sitios en los que nos habíamos encontrado (el hotel, el restaurante y el botánico de Kandy, el tren, y esta guesthouse). Ahí fue cuando nos contaron más de su historia y nos dieron bien de envídia con su jubilación: viajar seis meses por el mundo decidiendo cada día a dónde ir al siguiente. Y todo eso con la mitad de equipaje que llevábamos nosotros para dos semanas.

Volviendo a Ella, como decía nuestra guesthouse era estupenda y los dueños una de las familias más simpáticas que he conocido jamás. Veréis: como la primera noche estaba lloviendo y el “comedor” estaba al aire libre, nos hicieron una reserva en el restaurante más cercano. Cuando le dijimos a la señora que queríamos subir a Ella Rock (uno de los paseos por el monte más conocidos de Sri Lanka) y preguntamos cómo contratar un guía, nos contestó “no, no, mi marido hace unos mapas estupendos que usa todo el mundo, no hace falta guía”. Como al acabar el primer desayuno nos pareció todo delicioso le preguntamos si daba clases de cocina, dijo que no pero cogió el teléfono y nos reservó dos sitios para una clase de cocina en el pueblo con su amigo Lanka. Y para remate, cuando dijimos “esta tarde vamos a ir a la plantación de té” hizo una llamada para confirmar algo y dijo “no, ahora no vayáis que está abierto pero ya no hay gente trabajando, id mejor mañana, ahora os aseguro un tuk-tuk”. Yo creo que si nos hubiésemos quedado tres días más nos habría hecho ya parte de la familia.

Ella Rock y Little Adam’s Peak

Uno de los grandes atractivos de Ella son los paseos por la montaña, porque puedes ir a dos de las más chulas: Ella Rock y Little Adam’s Peak. Nota: el Adam’s Peak que no es Little está un poco lejos para ir desde Ella, y es una señora aventura de cinco horas levantándote casi a medianoche para llegar arriba a tiempo de ver amanecer.

Como decía, para subir a Ella Rock las guías te dicen que no está de más contratar un guía, que es básicamente un chaval del pueblo que se sabe el camino, pero como había prometido su mujer nuestro anfitrión nos dibujó un mapa perfecto. Con dibujos sencillos, pero con una claridad impresionante y explicando cada detalle mientras lo dibujaba (el árbol en el suelo blanco, la tercera casa que es verde, etc.), como si lo hiciese cada mañana desde hace cinco años con el objetivo de no perder a ningún huésped. Y la verdad es que luego mirábamos a la gente que iba con guía y decíamos (en español, para que no nos entendiesen) “claro, es que no tenéis un mapa como el nuestro, pringaos”. Esa luego el karma nos la devolvió cuando más arriba ya estábamos con la lengua fuera y había gente que llevaba además de guía bebés en brazos y aun así nos pasaban tan frescos…

Pero eso es porque tras el invierno canadiense encerrados en casa estábamos muy poco en forma. La subida a Ella Rock en realidad son como unas tres horas y media (exactamente lo que había dicho nuestro anfitrión), y aunque hay un par de pendientes un poco más empinadas no es difícil. Ya digo que gente con bebés y en chanclas se lo subían tranquilamente. Y por supuesto las vistas merecen toda la pena, tanto por el camino (que además pasa entre plantaciones de té) como en la cima, donde además hay unos genios con una hoguerilla haciendo té.

En algún momento dado barajamos subirnos ese mismo día a Little Adam’s Peak, pero al final lo descartamos y nos pasamos la tarde en un bar bebiendo cervezas Lion y comiendo popadoms. Subimos al día siguiente, y es un paseo mucho más fácil, también entre plantaciones de té. Sólo tiene complicada la parte final que, para compensar que no había muchas cuestas por el camino, es todo escaleras. Como el pico es algo más bajo las vistas son ligeramente menos impresionantes, pero también mola bastante y lo único es que está más lleno de gente como tú haciéndose selfies.

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Selfie de turistas.

Clase de cocina con Lanka

La segunda noche en Ella fue cuando nuestra anfitriona nos había reservado la clase de cocina con su amigo Lanka. Nos fiamos de ella, aparte de por lo maja que era, porque cocinaba genial (los hopers con huevo y los dulces del desayuno estaban de muerte). Y no nos enteramos muy bien de si en su opinión Lanka era mejor cocinero, o incluso ella había aprendido de Lanka, pero con esa idea nos quedamos.

Además el concepto molaba: ir a la casa de Lanka, ayudarle a cocinar la cena y luego comértela con el resto de estudiantes. Vamos, que lo primero que es Lanka es un genio que se dió cuenta de que los guiris somos un poco tontos y pagamos más por ir cocinar nuestra propia cena que si nos la tiene que hacer él, así que cambió el restaurante por estas clases.

Lanka le tiene cogida la medida a cómo explicar las cosas a quienes nunca hemos visto cómo se hacen la nata y la leche de coco y de repente nos vemos sentados en una silla con un rallador atornillado al asiento y medio coco en la mano. O con detalles como el “esto normalmente lo haríamos con esta especia, pero como ni vosotros en San Francisco ni vosotros en Toronto la váis a encontrar, lo vamos a hacer con esta otra que seguramente la tenéis en el supermercado”. Otra cosa que nos enseñó Lanka es que si eres vegetariano y te estás haciendo un curry que pide a gritos pollo, la mejor alternativa es el jackfruit. Tarda un montón en cocinarse, pero doy fe de que la textura es como la del pollo y absorbe el sabor de la salsa igual. Y tampoco me quiero olvidar del mortero de la cocina, literalmente dos piedras enormes que pueden hacer puré un diente de ajo o un dedo con la misma facilidad.

En total con Lanka hicimos cinco curris, que siendo este el cuarto artículo de Sri Lanka creo que ya he mencionado que es la comida típica. Y aunque llevábamos una semana ya por esos mundos, fueron de los que más nos gustaron. Quizá porque los habíamos hecho nosotros en cazuelas de barro sobre una cocina de barro y leña, o porque fue la primera cena en la que nos trataron como adultos y nos dieron la comida algo picante en vez de la versión para guiris. Eso por cierto lo discutimos con Lanka y llegamos a la conclusión de que es porque la mayor parte de turistas en la zona son europeos, que en general comen poco picante (no penséis en pimientos del padrón o salsa brava, sino en el té con pastas de las cinco en punto).

Y sí, fuimos a Sri Lanka a cocinar con Lanka.

La fábrica de té

Pero probablemente lo que más nos impresionó de Ella, y para mi de largo uno de los puntos álgidos del viaje, fue la visita a la fábrica de té.

La verdad es que pensábamos que iba a ser una típica turistada más, y reconozco que íbamos porque no sé puede ir a Sri Lanka y no visitar una fábrica de té, pero la verdad es que mola un huevo. En serio. No sé si es que tuvimos mucha suerte con la fábrica en cuestión, o con el guía que estaba super emocionado de contarnos todos los secretos del té, pero fue una visita genial y aprendimos un montón.

Resulta que, aunque cuando tú vas a la tienda hay varios tipos de té, en realidad planta del té sólo hay una. Lo que pasa es que según donde crece (clima, suelo, etc.) el resultado final cambia. En Sri Lanka por ejemplo hay seis tipos de té distintos, según venga de una zona u otra, y el sabor y las propiedades cambian (hicimos cata). Así que todos los diferentes tés tipo Earl Grey y demás son al final mezclas de la misma planta (de un sitio o varios) con diferentes especias y aromas.

Ahora, de toda la planta del té, la mejor parte son las hojas nuevas. Y de ese mejor té el noventa por ciento va a parar al mercado internacional, porque al ser mejor el precio es más alto y así llega más dinero a Sri Lanka. Lo curioso es que las grandes empresas como Twingins y Lipton no son dueñas de las plantaciones (aunque en Sri Lanka hay un sitio que sospechosamente se llama Lipton’s Seat…), sino que compran el té de varios sitios en subastas como las de la lonja de pescado y hacen su propia mezcla para crear su sabor original. Curiosidad obrera: al parecer en la fábrica que visitamos las plantaciones son de campesinos locales que venden la producción a la fábrica. Si es mentirijilla y lo dicen sólo para que los guiris nos sintamos bien funciona, pero parece que además es totalmente cierto.

platanción té
En la fábrica de té no te dejan hacer fotos, salvo en la parte del bar donde la cacho-novia sacó esta joya.

Y para que no se pierda el conocimiento de cómo convertir las hojas de un arbusto en el té para hacerte el desayuno, aquí va un resumen de las cuatro etapas del proceso:

  1. Semisecado. Se hace con unos ventiladores muy grandes y es, como su propio nombre indica, para dejar la hoja más seca pero no tiesa.
  2. Rodillo. Es una especie de amasado de las hojas para facilitar la fermentación, pero además es la parte del proceso en la que se decide el tamaño de las virutas de té. Y eso es super importante, porque entre otras cosas es lo que hace que el té tenga más o menos cafeína (a mayor tamaño de las virutas, menos cafeína).
  3. Fermentación. Ojo que esto son sólo dos horas.
  4. Secado. Aquí ya se hace en serio la parte del secado con bien de calor. Si quedase algo de humedad el té se pondría malo.

Entre medias, procesos que van desde gente quitando ramas del arbusto a máquinas láser separando las hojas y virutas del té por calidades según el color, colaboran en crear el resultado final, que en el caso de Sri Lanka es un té estupendo. Y todo el proceso completo en realidad dura sólo unas horas.

Y otra cosa molona: si compráis té de Harpe en 2018 lo mismo son hojas en las que hemos metido nosotros las manos, porque nuestro guía se aseguró de que tocábamos y olíamos el té en cada parte del proceso. Insisto, la visita a la fábrica de té fue de lo mejor de todo el viaje.

Y Ella es un auténtico paraíso.


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