Sri Lanka (2/4): templos, monos y bailes en Kandy

En la parte centro-norte de Sri Lanka hay una zona conocida como el Triángulo Cultural por la concentración de sitios históricos que visitar y cosas culturales que ver. Tanto que podríamos habernos quedado por ahí las dos semanas del viaje fácilmente. Pero como también queríamos hacer otras muchas cosas (la playa, las plataciones de té, senderismo por las montañas), y siguiendo la filosofía de ver menos sitios pero con más tiempo en cada uno, acabamos cortando bastante de esta parte del plan.

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Nuestra primera foto de Sri Lanka, en un mirador de la carretera de Colombo a Kandy.

Aun así nos aseguramos de tener un par de días para ver Kandy (justo al borde del Triángulo). Es una de las ciudades más grandes del país, y de hecho fue la capital de los antiguos reinos, lo que se traduce en un montón de cosas chulas y antíguas que ver, desde el jardín botánico hasta el Templo del Diente pasando por el Temple Loop.

El Templo del Diente

El Templo del Diente es la visita obligada si vas a Kandy. Se trata de un complejo de templos y palacios que entre unas cosas y otras lleva ahí desde hace más de quinientos años, y es la razón principal por la que Kandy es Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Pero por si el nombre no os ha dado una pista, además este es el templo en el que se guarda una de las reliquias más importantes del budismo: el diente de Budha.

Cuando Budha murió en el año 587 AC, incineraron su cuerpo y parece que su discípulo Khema se guardó el diente. Como suele pasar con estas cosas, el diente se convirtió rápidamente en una reliquia super importante, sobre todo por la creencia de que quien tenga el diente tiene el derecho divino de reinar. Algo lógicamente muy apreciado entre los mandamases de aquel entonces aunque sólo fuese por el “por si acaso, no sea que funcione y lo tenga otro”.

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Las vistas de Kandy desde nuestra habitación (el Templo está por ahí en frente).

Y vale, hay quien dice que el diente en cuestión es demasiado grande para ser el canino izquierdo de un humano, pero si empezamos con esas cosas acabamos diciendo que Jesucristo sólo tenía un prepucio y que cuando nació no era algo que se guardase “por si acaso éste es el hijo de Dios y luego nos hace falta”. En cualquier caso, que el diente es muy importante (y como reliquia para ir paseando por ahí me parece mucho más elegante que el prepucio, todo hay que decirlo).

Obviamente todo eso lo habíamos leído en la guía o me lo acabo de mirar yo en la Wikipedia. El caso es que cuando llegamos a Kandy y salimos a la calle a dar una vuelta y comer algo antes de que el jetlag se nos echase encima, nos encontramos en la puerta del Templo del Diente y decidimos entrar ya que estábamos ahí.

Lo que no habíamos leído es que ese día precisamente era domingo y full moon, que son los días sagrados para los budistas. Y la combinación lo convertía en uno de los pocos días del año en que el templo abre la puerta a la habitación en la que guardan el diente. No es que te dejen besarlo, tocarlo o entrar en la propia habitación para verlo de cerca, pero es suficiente para que el templo pase de ser una visita tranquila ideal para turistas con veintiocho horas de viaje en el cuerpo a un maremagnum de miles de personas intentando acercarse lo más posible a la puerta abierta.

De todo eso sólo nos dimos cuenta cuando ya habíamos pasado seguridad (que te miran la mochila por cumplir, porque lo importante es que no intentes entrar con pantalones cortos) y nos vimos en medio de un río de gente que nos llevaba en volandas por el templo.

Una vez salimos del mogollón y dejamos de preocuparnos de morir aplastados, pudimos visitar el resto del templo y los palacios, que molan mucho. Y aunque se nos hizo un poco duro en el momento, ahora lo piensas y la verdad es que bajarte del avión en Sri Lanka, salir a dar una vuelta y acabar dentro del templo budista más importante del mundo en uno de los días más sagrados para el budismo, es un puntazo.

Después de eso ya dejamos que el jetlag nos tumbase durante unas horas, y sólo sacamos fuerzas para levantarnos porque teníamos reserva para ir a cenarnos nuestro primer curry esrilanqués del viaje en un restaurante con vistas sobre toda la ciudad. Muy buena forma de acabar el primer (y larguísimo) día del viaje.

El Jardín Botánico

A la mañana siguiente, levantarnos temprano para ir al Jardín Botánico de Peradeniya fue bastante fácil. No sólo por el jetlag (tiene sus ventajas), sino porque cuando lo primero que ves cuando abres los ojos es un mono al otro lado de la ventana tu cerebro se pone en marcha a toda velocidad (aunque seguro que es mucho más rápido si el mono lo ves a tu mismo lado de la ventana). Como buenos guiris, en menos de cuarenta segundos ya le estábamos haciendo fotos con dos teléfonos y la cámara buena, no fuese a ser el único mono del viaje.

Por supuesto, en cuanto llegamos al botánico vimos sopotocientos monos, mucho más cerca y mucho más fotogénicos. A esos también les hicimos mil fotos, aunque nos imaginamos a los esrilanqueses hablando de nosotros como nosotros hablamos de la gente que se vuelve loca con los mapaches (les ponemos a caer de un burro porque los mapaches no son precisamente nuestra parte favorita de Toronto).

En otra parte del parque también vimos murciélagos suficientes como para sentirte en la versión de Halloween de Los Pajaros de Hitchcok, o al menos cerrar los ojos y desear muy fuerte que no te caguen encima. También les hicimos mil fotos, que era el primer día.

Una de las cosas curiosas del parque es que los animales parece que han  negociado en qué zona se queda cada uno. Por ejemplo, en la parte donde están los monos no ves más que monos. Te pones a andar por uno de los caminos y de repente ya no hay monos, y te das cuenta de que has entrado en el túnel de los murciélagos. Y de repente el túnel se acaba y no hay ni monos ni murciélagos, pero un poco más allá hay unos perrillos echándose la siesta.

Pero lo más impresionante del botánico son las plantas, como debe ser. Entre las flores tropicales de mil colores y plantas exóticas a más no poder, a mí lo que más me gustó fueron dos cosas: el jardín de especias, porque tiene cosas curiosas como árboles de nuez moscada; y sobre todo los cocos gigantes. Gigantes en plan más grandes que la cabeza de mi cacho-carne, que es poco común hablando de frutas. Pero en realidad todo el botánico es estupendo y está muy bien cuidado.

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Compadre, cómpreme un coco. Pero sólo uno que me sobra.

El botánico nos llenó un par de horas. Podíamos habernos quedado más rato, pero teníamos planes muy aventureros para el resto del día así que nos fuimos a por un tuk-tuk para, pese a la experiencia del Templo del Diente, ir al Temple Loop a ver más templos budistas. Al fin y al cabo, habíendo descartado el Triángulo Cultural, Kandy era nuestra oportunidad para ver ruinas centenarias en Sri Lanka.

El Temple Loop

El Temple Loop son tres pueblos al suroeste de Kandy que tienen tres templos budistas impresionantes. Mucha gente contrata un tuk-tuk para todo el día y va de pueblo en pueblo, pero como digo nosotros estábamos muy aventureros y decidimos coger sólo el viaje de ida porque los pueblos están suficientemente cerca entre sí para ir andando de uno a otro.

Pese al espíritu aventurero, la verdad es que nos temblaron un poco las piernas cuando, tras insistirnos mucho en que si de verdad no queríamos tuk-tuk para todo el día, vimos a nuestro conductor irse colina arriba dejándonos en medio de Sri Lanka, en uno de los pueblos más pequeños que he visto en mi vida, y sin otro medio de transporte a la vista. Pero también es cierto que en cuanto nos dimos la vuelta y nos vimos delante del templo de Embekka Devalaya se nos quitaron todos los males.

Embekka Devalaya es uno de los templos más antíguos de Sri Lanka (fue construído hacia el año 1360) y es de esas cosas que puedes leer en la guía y ver fotos pero que no te das cuenta de lo que molan hasta que estás allí. Tuvimos la suerte de llegar además justo a la hora del oficio, así que pudimos ver tanto el tempo como el rito budista. Rito del que obviamente no nos enteramos de nada, pero que entre la música y que estás ahí en un templo antiguo en Sri Lanka te hace sentir muy espiritual (tanto que ni hicimos fotos para no jorobar el momento).

Lo más raro de estos templos es que tienen más de seiscientos años pero parte de la decoración son luces de Navidad de esas de mercadillo. Y de hecho es que cualquier imagen sagrada en Sri Lanka, esté en un templo centenario, en un autobús o en el manillar de una bici, tiene sus luces de led parpadeando al lado. Aunque también es verdad que se hace raro únicamente porque en occidente nos parece que todo lo espiritual tiene que ser austero, pese a que ahí tenemos las velitas eléctricas a monedas (que para recaudar sí que innovamos, eh…).

 

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Las vistas del paseo del Temple Loop.

De Embekka Devalaya nos fuimos andando a Lakatilaka Vihara, y ahí sí que disfrutamos de no haber apostado por el tuk-tuk. El paseo no es ni difícil ni largo, y lo que sí es es precioso. Y además de ver mejor los pueblos pequeñitos tienes algo más de contacto con la gente super maja y los niños asomándose a la puerta de casa para decirte hola.

Lakatilaka Vihara también lleva ahí desdel el siglo XIV, aunque es algo más moderno que Embekka Devalaya. Es más llamativo porque está construído en lo alto de una roca, y si llegas por el mismo lado que nosotros tienes que subir unas escaleras bastante exigentes, construídas en la roca justo al lado de las originales que además de exigentes están ya bastante machacadillas (que con seiscientos años de gente subiendo y bajando, tampoco es tan sorprendente).

En Lakatilaka Viahara el señor de la entrada nos hizo un poco de guía, empezando con ayudarnos a descubrir que es el templo que aparece en los billetes de quinientas rupias y terminando con abrirnos todas las puertas y contarnos todos los secretos del templo, como por ejemplo que mezcla simbología hindú y budista porque lo construyó un rey budista que se casó con una hindú.

Lakatilaka Vihara
¡Es el templo de los billetes!

Nuestro Primer Autobús Esrilanqués

Para completar el Temple Loop nos quedaba visitar un tercer templo, pero nos paramos a comernos una magdalena y mientras estábamos ahí sentados pasó una señora que, sin hablar mucho inglés, dijo claramente “daos prisa con esa magdalena que va a llover mucho”. Como todo el mundo sabe que las mujeres de pueblo son infalibles para estas cosas, nos fuimos a la parada de autobús más cercana para volver a Kandy.

En la parada del autobús estuvimos un rato, y como dos guiris esperando el autobús en un pueblo perdido llaman bastante la atención, dos señoras super majas  se acercaron para asegurarse de que sabíamos qué autobús coger. Cuando llegó el autobús, el señor que vende tickets, también super majo (un poco demasiado), hizo levantarse a otra gente para dejarnos los mejores asientos (y como todo el mundo es super majo, ni se quejaron ni nada).

El problema es que “los mejores sitios” no eran precisamente los que habríamos escogido nosotros: sentados de lado a la marcha y justo al lado del parabrisas. Que normalmente no están mal, pero cuando empezó a caer el diluvio que había anunciado la señora y el conductor empezó a hacer honor a toda la mala fama de los autobuses de Sri Lanka pasamos algo de miedo. ¿La única ventaja? Cuando la cacho-novia ya no podía más de lo empañado que estaba el parabrisas (impidiendo al conductor ver la mitad de la carretera) simplemente alargó el brazo para limpiarlo, algo que hizo mucha gracia a los locales pero que lo mismo nos salvó la vida a todos, oye.

Turistadas de Kandy

Al final el autobús nos dejó en el mercado de Kandy justo cuando dejaba de llover, así que arovechamos para hacer un par de turistadas típicas: visita al mercado y espectáculo de bailes regionales.

Las visitas al mercado siempre nos molan aunque el mercado sea cutre, porque aprendes mucho de la gente y la cultura del país. En el de Kandy aprendimos todo lo que hay que aprender de las frutas locales, como que tienen plátanos de cinco colores diferentes y que tienen la fruta más deliciosa del mundo (el mangostino). Como buena turistada también tuvimos que aguantarle la chapa a un vendedor de especias que sale en alguna guía de viajes y al que le gusta mucho hablar, sobre todo de que sale en la guía de viajes. Parece salido de una viñeta de Astérix y Obélix.

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Los “famosos” bailes regionales de Kandy.

Pero para turistada total, lo de los bailes regionales. Una de esas cosas que por alguna razón todas las guías te dicen que es de lo imprescindible que hacer en Kandy. No les creáis. O al menos no vayáis al de la Asociación Cultural de Kandy, por más que suene a lo más auténtico y local. Porque lo que debería ser espectacular o al menos interesante es como una obra de teatro de un colegio de primaria: descoordinación total, miradas y sonrisitas entre los bailarines de “jajaja, si no tengo ni guarra de lo que hay que hacer, estoy dando saltos a ver si cuela”… un desastre. Excepto al final, cuando se dejan de tonterías y bailes y se ponen a andar sobre fuego. Y no, no es que les pillásemos en un mal día, porque hablamos con un amiguete que fue varios años antes al mismo teatrillo y tuvo exactamente la misma experiencia.

Para compensar, los teatros de los bailes regionales están en una zona del lago y terminan a una hora que cuando sales te encuentras con una puesta de sol tan espectacular como la de la foto. Con ella le dijimos adiós a Kandy, ya preparados para al día siguiente disfrutar del que dicen que es uno de los viajes en tren más bonitos del mundo.

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La puesta de sol de Kandy desde nuestra habitación.

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