150 años de Canadá

Este año Canadá cumple ciento cincuenta años, que aunque suena a poco (sobre todo comparado con los países europeos) es un hito importante. Por eso el Día de Canadá (1 de julio) ha sido especialmente celebratorio, y en casa hemos aprovechado el fin de semana largo para hacer bien de cosas canadienses veraniegas.

logo canada 150
¡Feliz cumpleaños, Canadá!

El viernes trabajamos durante todo el día, que puede ser un poco rollo pero al fin y al cabo es para lo que nos vinimos a Canadá. Por la noche hicimos con unos amiguetes una barbacoa en la terraza y disfrutamos de la vida en la silla muskoka, y para que la noche fuese bien de canadiense una familia de mapaches se pasó a saludar (y este año están bastante menos cansinos que el verano pasado, lo que nos tiene muy contentos).

Lo primero que hicimos el sábado, que era el propio Día de Canadá, fue hacer cola en una de las cervecerías locales. Esto es muy canadiense pero sobre todo muy de Toronto, porque aquí todo lo que tenga que ver con cervezas artesanas locales lo peta y sobre todo porque a los torontonianos les gusta hacer cola más que a un tonto un lápiz. Además, el sábado era el día en que por fín abría esta cervecería en la que llevan trabajando dos añazos. Vamos, que se juntaban tantas cosas canadienses que hasta el alcalde de Toronto se pasó por allí (pero a este no le dejaron hacer cola, que seguro que es para lo que iba).

Para el resto del día, siendo la celebración tan importante, había un montón de cosas por la ciudad así que cogimos las bicis y nos fuimos al centro. La primera parada fue para ver el patito de goma más grande del mundo, que si os digo la verdad es tan canadiense como el chorizo ibérico, pero también mola como el chorizo ibérico. Y se ha criticado mucho que tenerlo un par de días sin tener nada que ver con Canadá haya costado más de ciento veinte mil dólares (tela), pero aquello estaba a rebosar de gente (y un calcetín) haciéndose fotos.

patido de goma gigante
El patito de goma más grande del mundo es mi colega.

Después del pato nos fuimos a un bar como manda toda buena celebración nacional en verano. Escogimos un mexicano no porque tenga nada que ver con Canadá sino porque tenía una terraza bien maja, cubos de cerveza a un precio decente y un guacamolo muy rico. Pero lo verdaderamente canadiense fue que juntamos amigos de aquí y allá y acabamos con un grupo con cinco españoles, dos canadienses de toda la vida, dos canadienses nacionalizados, un venezolano y una brasileña. Canadá es un país de inmigrantes y muy orgulloso de serlo, así que tener un grupo de amigos tan ecléctico es tan canadiense como el jarabe de arce.

Otro punto a favor del mexicano es que está cerca de la Torre CN, y para ser más específicos está a dos minutos de un cruce de calles muy bueno para ver los fuegos artificiales de la torre. Fuegos que molaron un taco, más que nada porque hay que apreciar la dificultad de hacerlo desde ahí arriba, coordinarlo con el juego de luces de la propia torre, y terminar sin prender fuego a ninguno de los edificios cercanos. Pero tengo que reconocer que casi me gustó más el momento justo antes de los fuegos, cuando los canadienses esperando en la calle a que empezase el espectáculo del Día de Canadá se pusieron a cantar el himno nacional. Así, a lo espontáneo, en plan película.

Con el subidón de esos fuegos nos fuimos corriendo a la plaza de Nathan Phillips para ver los del Ayuntamiento, y estos fueron un poco bajona. Porque nos tocó un árbol justo enfrente, sí, pero también porque esperábamos algo más del Ayuntamiento de la ciudad más grande del país en el día en que Canadá cumplía ciento cincuenta añazos. No digo un Circo del Sol, pero sí algo que te deje ojiplático, y en vez de eso fueron cinco minutillos raspados de fuegos que ni siquiera podían competir con los de la Torre CN de diez minutos antes. Pero bueno, la bajona nos duró poco porque volvimos al mismo mexicano que también tiene jarras de margaritas y la verdad es que salvo el tiempo muerto del Ayuntamiento pasamos una noche muy buena y muy canadiense.

La mañana del domingo fue tan difícil como se puede esperar después de las horas que pasamos en el mexicano la noche anterior, pero aun así nos levantamos a tiempo de hacernos un brunch en casa (aparte de ser mi comida favorita del día, es muy típico del domingo canadiense) y después fuimos a casa de otros amiguetes a por más barbacoa y beber más cervezas artesanas locales. Ya digo que en Toronto es lo que se lleva.

Para rematar el fin de semana del Día de Canadá, el lunes nos fuimos de excursión. Desde Toronto hay un tren que va hasta Niágara (de hecho lo llaman “excursion train”) en el que tienen vagones para llevar las bicis, así que bicicleteamos hasta la estación de tren y nos fuimos a Saint Catharines.

hora del bocata
Ni una excursión sin su hora del bocata.

En Saint Catharines mismo no hay mucho que hacer (aunque encontramos un buen bar que hace su propia cerveza -insisto, está de moda y me mola), pero nos daba acceso a dos planes bien canadienses.

El primero: senderismo por el Bruce Trail. Es una ruta de casi mil kilómetros que cruza una buena parte de Ontario, y aunque nosotros sólo hicimos unos cinco o seis es de los mejores paseos que nos hemos dado por aquí (el de Dundas Peak se nos quedó un poco corto y dominguero, y por lo demás Ontario es plano así que hay poco de esto). Y no está exento de riesgo, que todo Ontario del sur está en alerta de garrapatas por el campo.

cataratas bruce trail
Unas cataratas del paseo.

El segundo plan fue ir en bici de bodega en bodega haciendo catas, aprovechando que la península de Niágara es de las zonas productoras de vino de Ontario. Vinos que en general son bastante pachuchillos, por más que a la gente que trabaja en las bodegas esté siempre super orgullosa de sus taninos.

Encontramos un un par de vinos ricos (aunque caros, comparados con los europeos incluso al precio al que los venden aquí), y la verdad es que aunque sólo sea por ver los chaletitos que tienen ya merece la pena el paseo en bici. Es importante mencionar que cuando estas buenas gentes se pusieron a hacer vinos por esa zona no había mucho más que granjas, así que tienen propiedades inmensas y, con el auge de los vinos locales, tienen los dineros para montar cosas muy chulas.

Hernder State Wines
Muy distinto de las cuevecillas o edificios industriales de algunas bodegas europeas, ¿no?

Y ya con eso acabamos el finde, que aparte de muy canadiense es de los más activos que hemos tenido en años. Y el año que viene más y mejor, que si todo va bien lo celebramos con pasaporte canadiense.