Las uvas de Nochevieja: la mejor tradición española para expatriados

Si hay una tradición patria que lucho por mantener allí donde me pille es la de comerme las doce uvas con las campanadas de Nochevieja. Para mí es una forma de sentirme cerca de casa aunque esté a seis mil kilómetros de la Puerta del Sol, simplemente porque sé que a esa misma hora (medianoche en Madrid) toda mi familia y mis amigos están haciendo exactamente lo mismo, y es una sensación que mola. Además es una tradición fácil de mantener: sólo necesitas doce uvas por persona y cinco minutos al año, y es literalmente imposible que se te pase la fecha sin darte cuenta.

kit de viaje para las campanadas de nochevieja
El kit de uvas para Nochevieja del calcetín. Te pillen donde te pillen las campanadas empiezas el año como debe ser.

Pero quizá lo más importante es que es una tradición fácil de vender a cualquiera. Porque lo de la siesta hay pocas empresas que lo vean con buenos ojos, y lo de los toros al principio a la gente cree que va a gustarles mucho pero luego cuando se enteran de cómo funciona el asunto les perdemos (lógicamente). Además antes no sé cómo lo harían nuestros expatriados, pero ahora con Internet y los smartphones no te falta ni Ramón García con su capa explicando la diferencia entre los cuartos y las campanadas. Ojo, que no lo valoras hasta que ves a varios guiris primerizos intentando entenderlo.

¿La mayor dificultad para cumplir con la tradición? Que te pille viajando. Y cuando vives fuera es bastante fácil porque suele salir mucho más barato coger el avión o el tren el mismo día 31 de Diciembre. Ahí es cuando hay que planear bien y tener un plan B por si las moscas, porque nunca sabes dónde te van a pillar las campanadas. Vamos, que hay que llevar uvas y el vídeo de Ramón García de otro año para que te marque el ritmo.

Mi cacho-carne, la cacho-novia y este calcetín aprendimos la lección en Ottawa en 2010, cuando pensamos que éramos los más listos por llevar una bolsita con uvas. No nos imaginamos que a lo mejor teníamos problemas para encontrar Internet en la mismísima capital de Canadá. Tranquilos que al final todo se arregló y nos salvó en el último minuto la retransmisión online de RNE.

tensión durante las campanadas de nochevieja
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Aunque las uvas más rocambolescas en realidad han sido las de este año. Volábamos de vuelta a Toronto desde Estados Unidos, con el aterrizaje programado a las cinco de la tarde hora torontoniana (las once de la noche en el kilómetro cero). Como íbamos al aeropuerto pequeño que está en el centro de la ciudad en principio teníamos tiempo suficiente para llegar a comernos las uvas en casa, pero por si acaso nos llevamos un tupper con las uvas contadas y (lección aprendida de 2010) el vídeo de Ramón García dando la bienvenida al 2015.

Es decir, si el vuelo iba en hora estaba todo controlado; y si el vuelo se retrasaba y nos daban las uvas en el aire, también. Pero ni lo uno ni lo otro. El vuelo se retrasó lo justo para dar por saco todo lo posible y salimos del avión a las cinco y cincuenta y tres. Que parece que es perfecto, tiempo de sobra para conectar el teléfono y ver las campanadas en directo, pero como es un aeropuerto pequeñín a las cinco y cincuenta y siete ya estábamos en la cola del control de pasaportes.

Ahora es cuando entra en juego lo de ser inmigrante. En España no creo que nadie se sorprendiese, pero los agentes de aduanas de otros países lo mismo no entienden por qué estás intentando atragantarte con uvas justo antes de hablar con ellos. Así que para evitar preguntas incómodas o acabar espurriando zumo de uva encima del agente en cuestión nos apartamos de la cola y pusimos en el teléfono la app de TVE. Y sufrimos los últimos tres minutos del año porque ni La 1 ni el Canal 24 Horas funcionaban. Acordándonos otra vez de 2010 enchufamos con RNE y justo empezamos a escuchar cuando Ramón decía decía «…ora los cuartos». De ahí pasamos al conocido ting-tong, ting-tong, ti… y perdimos la conexión.

Ya era muy tarde para cambiar al vídeo de 2015, así que contamos el final de los cuartos mentalmente y empezamos a comernos las uvas al ritmo que nos pedía el cuerpo. Para liarnos aún más de repente volvió la conexión, y seguían sonando campanadas. Ajustamos el ritmo y continuamos una a una… hasta que oímos a Ramón decir «¡Feliz 2016!» y nos quedaba una uva. No una uva para cada uno, sino una uva en total. Me la comí rapidamente antes de que el universo se diese cuenta, y aunque nunca sabremos si uno de nosotros se comió las uvas demasiado rápido o el otro demasiado despacio lo que importa es que un año más hemos cumplido con la mejor tradición para dar la bienvenida al año nuevo. Y lo que es mejor: lo repetimos a medianoche hora de Toronto con un montón de amigos canadienses que lo hacían por primera vez, y no se nos atragantó nadie.

Feliz año 2016.