Aquella vez que volamos en primera clase

Después de dos años viviendo en Canadá, en Navidad de 2013 por fin los planetas se alinearon y pudimos pasar una semana en Madrid. Como era nuestra primera visita en mucho tiempo la agenda se nos llenó de planes para ver a toda la familia, a todos nuestros amigos y nuestros sitios favoritos de la ciudad (casi todos sitios de comida de la que no encuentras en este lado del Atlántico).

Llegamos a Barajas (aún no le habían cambiado el nombre al aeropuerto) el mismo día 24 de diciembre, y mis padres nos recibieron de la mejor manera que se puede recibir a un español emigrante que vuelve a casa después de mucho tiempo: con un tupper de croquetas caseras. Ahora ya sabemos que si alguna vez formamos una banda callejera nuestra saludo oficial puede ser un abrazo y cuatro croquetas.

montañas de croquetas
Empiezo a pensar que mis padres se ponen a envolver croquetas el mismo día que les digo que ya tengo billete, y no paran hasta salir para recogerme al aeropuerto. Que quede claro que no me estoy quejando.

No me avergüenza decir que ya me había comido croqueta y media antes de abrazar a nadie. Prioridades del emigrante, que por aquel entonces hablaba con mi madre por teléfono con mis padres casi todas las semanas, pero de las croquetas hacía mucho que no sabía nada (ahora ya me van saliendo más decentes). Pero el problema es que se juntó el hambre con las ganas de comer, o, para ser más exactos, se juntaron la gula de alguien que hecha de menos la comida española con las reuniones familiares y los planes con los amigos.

Aquellas croquetas fueron el principio de siete días de comer hasta la exageración por el ansia de volver a Toronto sin saber cuándo volveríamos a ver cortezas de cerdo, bollos preñaos o morcillas de Jaén. Mi última cena en aquel viaje fue un bocata de chorizo de pamplona que me supo a gloria… pero que fue la puntilla para mi estómago. A la mañana siguiente nos levantamos a las cuatro para ir al aeropuerto y antes de salir de casa estuve vomitando un rato largo. Entre el madrugón, la indigestión y la despedida llegué al aeropuerto hecho mierda.

En el aeropuerto discutimos con la azafata lista de Air Europa porque en el vuelo largo, el de Amsterdam a Toronto, nos habían sentado separados pese a que habíamos comprado los billetes juntos, hecho el check-in juntos y llegado al aeropuerto juntos (qué huevos, eh…). Pero por más que insistimos nos dijeron que nuestra única posibilidad era que en la misma puerta de embarque en Amsterdam nos pudiesen hacer el arreglo.

casas delft klm
Las casitas de Delft de KLM vienen con sorpresa…

En mi estado, y tras un vuelo con Air Europa, llegué a Amsterdam más hecho mierda aún. Tanto que pese a que llevaba un año entero sin trabajar (por lo de los papeles de inmigración, no por vago) me gasté una pasta en una almohada de viaje de las que siempre he pensado que eran una tontería pero que en aquel momento parecía la única manera de sobrevivir a otras siete horas de avión.

Con la almohada nos fuimos a la puerta de embarque y preguntamos a la azafata (ahora ya de KLM) si podía sentarnos juntos. Nos confirmó que el avión iba hasta las trancas y que seguramente tendríamos que apañarnos con otros pasajeros ya en el avión, pero se quedó los billetes por si acaso sonaba la flauta. Y sonó, y bien fuerte.

Nos llamaron por megafonía cuando ya casí era la hora de embarcar así que fuimos a recoger la tarjeta de embarque sin esperanza alguna, pero la azafata nos dijo que nos había puesto juntos. Nos alegramos tanto que dejamos de escuchar, hasta que vimos que estábamos en la fila setenta y pensamos que nos habían puesto detrás de los baños… pero entonces empezamos a procesar lo que había dicho al darnos los billetes: «os he puesto juntos, en el piso de arriba». Y así como suena nos acababa de regalar un viaje en primera clase.

klm 747-400
Ahora ya sabemos lo que se cuece en el piso de arriba de estos aviones.

Como la mayor parte de la chusma yo nunca había volado en primera clase, así que os podéis imaginar el subidón. Además con KLM, que entre el Erasmus en Holanda y las buenas experiencias ya era mi compañía favorita.

Para empezar, cuando viajas en primera te subes al avión primero. Nada de hacer cola y ver cómo la gente se pasa por el forro lo de «sólo filas de la 50 a la 35». Y no es para asegurarte de que hay sitio para poner la mochila y esas cosas que nos preocupan a los pobres, porque en primera clase hay más armarios que en casa de mi abuela. Te subes primero para tener tiempo de beberte un zumito o una copita de champán antes antes de despegar, y para investigar el neceser de viaje que te regalan con todo lo necesario para hacer el viaje más cómodo: calcetinitos, antifaz, tapones para los oídos, cacao para los labios, un boli y maquinilla de afeitar.

Cuando te terminas el zumito te sientas, y aquí empieza lo bueno. Tienes espacio para estirar las piernas completamente sin tocar el asiento de delante. También tienes una pantalla para las pelis que se ve mejor, y unos auriculares Bosé que no se pueden comparar con los de clase turista que antes de despegar ya ha dejado de sonar uno de los lados.

Pero es cuando prestas atención a los botones del asiento cuando ya flipas. Puedes reclinarlo un poquito, mucho, sacar un soporte para las piernas, reclinarlo más… y llegar a tumbarte competamente horizontal. Si le sumas la manta y la almohada, también de primera clase, mejor que muchas camas. Eso por no hablar de que es un sillón de masaje, y hasta hasta una pantalla para que escondas la cabeza y no te moleste la luz (que eso en clase turista lo tengo que hacer poniéndome una sudadera con capucha al revés para que me tape la cara).

klm asiento primera clase
Unas siestas que ni en el sofá de mi padre, oye.

Y todavía no he hablado de la comida. Lo de la barra libre todo el vuelo no es nada. Que el café sea mejor y la leche sea de verdad y no uno de esos botecillos raros no tiene importancia. Lo que de verdad impresiona es que se come mejor que en muchos restaurantes. Y no me refiero sólo al menú: tienes tu mantel, tu plato de loza, tu copa de cristal y tus cubiertos de metal. Sí, cubiertos de metal. El de seguridad del aeropuerto te habrá quitado el cortauñas, pero es que no sabía que ibas en primera, aquí está tu cuchillo para el filete.

En cuanto al menú, la elección no es entre «pasta con algo que parece brocoli» y «arroz con algo que sabes que no es pollo». Aquí tienes que escoger tu primer y segundo plato entre opciones como salmón ahumado y estofado de ternera. Para el postre ese día había macedonia, quesos, mousse de chocolate; pero como el camarero nos vio indecisos nos propuso traernos las tres cosas. Y después de eso nos ofrecieron bombones y un brandi. Si no hubiese llegado al aeropuerto ya malo me habría cogido la indigestión en el avión.

¿A que no se parece a la comida de avión que conocemos todos? (foto: KLM)
¿A que no se parece a la comida de avión que conocemos todos? (foto: KLM)

Y cuando ya pensábamos que no podía ser todo más increíble, vino el copiloto a regalarnos un souvenir que es una casita holandesa de cerámica hecha en Delft, que seis meses después nos enteramos de que dentro tiene una ginebra especial. Para cuando salió la piloto a saludarnos y agradecernos en persona que volásemos con KLM ya no nos impresionaba nada. Pero quedaba la guinda del pastel.

Normalmente cuando el avión llega a su destino se desata el caos. Todo el mundo se pone de pie para coger sus cosas y esperar un rato de pie porque ya no aguantas más, pero nadie se mueve y estamos todos como tontos sin saber muy bien que pasa. Pues lo que pasa es que primero se bajan los de primera clase, y en este caso lo que yo vi al salir fue a las azafatas conteniendo a la gente de clase turista para que tuviésemos todo el espacio del mundo para salir cómodamente. Como si fuésemos los Beatles, vamos.

Y esta fue nuestra primera, y hasta ahora única, experiencia en primera clase. Será imposible olvidarla, mayormente porque ha arruinado completamente la experiencia de coger un avión en clase turista.

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