Haciendo cerveza casera

Una vez dominado el tema de hacer pan en casa, el siguiente paso lógico era hacer cerveza, por aquello de seguir probando a hacer cosas que la humanidad ha hecho miles de años antes de la invención de Internet pero que casi nadie tiene ni idea de cómo hacer. Así que con aviesas intenciones le regalamos al jefe de mi cacho-carne un kit de «home-brewing», que en este lado del Atlántico son bastante populares. Y por fin este fin de semana, aprovechando que nuestras novias se han ido juntas a Montreal, hemos dedicado una tarda a la muy masculina tarea de hacer cerveza.

Como era previsible, la parte teórica de hacer cerveza es bastante simple, aunque la parte práctica es un poco más complicada. El proceso en sí es bastante sencillo, y consiste en hervir agua e ir añadiendo ingredientes a la mezcla. Supongo que el truco está en regular la cantidad de ingredientes, la calidad de los mismos y el momento exacto en que los incorporas. Luego se deja fermentar durante varios días y, cuando está listo, se embotella y hala, ya tienes cerveza.

El problema con la parte práctica es que nuestras instrucciones no eran tan buenas como cabría esperar. No me refiero al hecho de que tuviese las medidas en galones y grados Farenheit, que aunque es complicarse a lo tonto ahora que todos tenemos Internet en el bolsillo se arregla rápidamente. El problema es que las instrucciones llegaban a contradecirse en algunos puntos, como el de «añade ahora todo el lúpulo de la bolsa y deja hervir durante una hora» seguido de «diez minutos antes de que se cumpla la hora añade el resto del lúpulo».

Al final nosotros acabamos haciendo algo mal, porque acabamos con la mitad de futura cerveza de lo que deberíamos (y no, no fuimos bebiéndonosla por el camino). Todo apunta a que teníamos el fuego muy fuerte, y lo que no sabemos es si el resultado final será un brebaje inhumano o una cerveza de sabor excepcionalmente fuerte. Lo sabremos, como pronto, dentro de dos semanas.