La conspiración de las ostras

Cuando era un patuco me enseñaron dos cosas importantes: que hay que probarlo todo y que con la comida no se juega. Sin embargo, no dijeron nada de imaginarse cosas raras, y ahora que llegan las fechas navideñas (y pese a la maldita crisis) más de uno os vais a tener que enfrentar a las ostras, así que voy a compartir con vosotros lo que me viene a la cabeza cada vez que me las como. Porque efectivamente se comen crudas… pero no crudas como una lechuga o el sushi, sino bien vivas.

Mucha gente se come las ostras porque es muy chic y muy elegante, como los Ferrero Rocher en casa de la Preysler, pero en realidad la textura moquil del bicho y la misma idea de comérselas crudas les da bastante repelús. Para pasar el mal momento y disimular lo mejor posible se las tragan sin masticarlas convenientemente, y ahí está el error, porque ¿cómo es posible que tanta gente se sienta mal del estómago después de comer ostras?

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He encontrado en Flickr esta foto de ostras conspirando. Se les ve la mala leche a kilómetros.

Mi teoría es que si te comes las ostras vivas y no te paras a masticarlas las muy puercas llegan vivas al estómago (algunas después de intentar salvarse en el último momento abrazándose a tu campanilla). Como no te vas a comer sólo una porque «¡Ah! No sabía que te gustaban tanto las ostras… ¡coge otra, a disfrutar!» pues acabas teniendo en las tripas un comando de ostras cabreadas que sólo pueden dedicar el tiempo que les queda a conspirar en tu contra. Y bien que lo hacen.

Según el lider del comando, las ostras pueden ayudarse unas a otras para intentar escapar por donde han venido. La víctima nota cómo algo empieza a treparle por el esófago hasta que las ostras consiguen su objetivo, provocando que el estómago entre en modo pirolítico y se limpie a sí mismo echándolo todo fuera. Las ostras no saben que la van a espichar aunque tengan éxito en su misión, pero cuando piensas que están luchando por su vida hasta el último momento no puedes, en conciencia, culparlas de nada. Además al cabo del rato tú estás en disposición de seguir poniéndote como el kiko.

Pero el líder ostril puede ser más cabroncete, y convencer al comando de que aunque ellos están perdidos pueden asegurarse de que nunca vuelvas a acercarte a una ostra. Ahí es cuando se encargan de devastar tu sistema digestivo, arrasando con la flora intestinal y todo lo que pillan de camino. Cuando ocurre esto te pasas un par de días sentado en un cuarto de baño que huele a rayos, sin comer y sufriendo lo indecible. Es como si las ostras te mandasen a una celda de castigo. Lo curioso es que entre las pocas cosas que sí puedes está el yogur, que está tan vivo como las ostras….

Con todo esto no quiero decir que no me gusten las ostras. Más bien al contrario, las tengo bastante aprecio. Lo que sí espero es que la próxima vez que os las pongan por delante os lo penséis dos veces antes de hacer una tontería, lo que por cierto incluye intentar abrir una ostra sin dominar la técnica y la herramienta (el padre de mi cacho-carne os puede enseñar una estupenda infografía sobre el resultado que lleva cicatrizada en la mano). Además, existen multitud de recetas para cocinarlas en exquisitos platos donde quedan muertas remuertas que os recomiendo probar.