Alemania en furgoneta (Vol.1)

En uno de los muchos parones que tiene el calendario escolar holandés, el cacho carne al que tengo esclavizado y yo nos montamos un plan estupendo de irnos en furgoneta con unos amiguetes a recorrer Alemania. La verdad es que el plan se gestó a principios de diciembre (poco después de volver de Polonia), pero como empieza a ser costumbre hasta dos días antes de la supuesta fecha de salida no había ni furgoneta ni hostales ni nada pensado. Gracias a Internet, la noche antes de irnos ya teníamos la furgo y casi todos los hostales. Esa misma noche se cambió el plan de ruta varias veces, hasta configurar (salvo modificaciones que se harían después) un road-trip que nos llevaría por Alemania, Luxemburgo, Francia, Bélgica y Holanda. 6 días y 5 noches por 250 euros todo incluido… y ese “todo” al final incluyó cantidades ingentes de cerveza para todos los no conductores.

Días previos: Alquilando la furgoneta

Habíamos aprendido la lección y esta vez al ir a alquilar la furgoneta teníamos preparado todo el dinero necesario en las tarjetas necesarias. Tras patearnos todas las compañías de alquiler de la calle de compañías de alquiler de La Haya (curiosamente están todas juntas) y no encontrar nada (por exceso de precio, por falta de años de carnet, por falta de años de vida, por falta de disponibilidad…) volvimos a casa. Un poco hundidos, pero encomendados a San Google para solucionar nuestra vida. Mientras buscábamos en las oficinas de Rotterdam y Amsterdam, nos dimos cuenta de que al alquilar los coches para Bélgica no nos pidieron nada: ni DNI, ni carnet de conducir ni nada que no fuese de plástico y llevase dinero dentro. Lo que nos vino bien, pero no dejamos de pensar que un poco más de control no estaría mal.

Al final tuvimos la suerte de encontrar una oferta en Internet para la oficina de Budget de La Haya (que dejaba casi en la mitad el precio que ellos nos habían dado en persona) sin que dijese nada de años de carnet y tasas por ser demasiado niños. Así que la alquilamos y al día siguiente fuimos a por ella. Pero San Google es poderoso y oyó nuestro comentario de que los alquiladores de coches debían tener cierto control sobre sus clientes, y nos dio una lección de más de dos horas de papeleo. En realidad el papeleo llevó menos tiempo, pero soy de la opinión de que debo sumarle el tiempo que perdimos en volver a casa a conseguir algunos de los papeles que nos estaban pidiendo.

Por resumir un poco pero no libraros del tostón que resultó, esto es todo lo que tuvo que dar a los alquiladores de furgos el chaval a cuyo nombre se hizo el alquiler (más que nada por ser el que tenía pasta en la tarjeta): todos sus datos personales, por escrito y con fotocopias para demostrarlo (si bien las fotocopias las fueron haciendo ellos mismos), el contrato con la inmobiliaria para demostrar que vivía en La Haya, el número de teléfono de la inmobiliaria para confirmar que el contrato era real, su propio número de teléfono móvil (que el alquilador de furgos comprobó en ese mismo momento llamando), el carnet de conducir, la tarjeta de crédito (de la que hicieron un duplicado), el carnet de conducir del amigo que fue a alquilar la furgo con él (que resulté ser yo) y los datos de contacto de algún familiar-amigo que viviese en La Haya. Y todo terminó con cinco firmas (sí, cinco) a la hora de devolver la furgo.

Todos a la furgo
¡Todos a la furgo!

En cualquier caso, el resultado final fue bueno. La Ford Transit que nos prestaron no tenía ningún extra (ninguno en absoluto), pero si era amplia y cómoda para pasar en ella todo el tiempo que lo hicimos incluidos desayunos, almuerzos y muchos kilómetros durmiendo. Esto último sobre todo en la fila de atrás, donde no se oía lo que pasaba en las otras dos (de hecho nos comunicábamos con walki-talkies), ni veías la carretera… total que te quedabas dormido hasta que alguien demostraba que lo que sí tenía la furgo era un sistema de sonido muy bueno y ponía musicote de cualquier radio alemana.

Nuestra furgo-comedor-dormitorio.
Nuestra furgo-comedor-dormitorio.

Día 1: Bremen

El primer destino del viaje era desde un primer momento (y nunca dejó de serlo) Bremen. ¿Qué hay en Bremen? Pues, y no es coña, ¡los trotamúsicos! Vale que también es donde está el sobrino de Carlo Magno, pero nada puede hacer la historia contra un burro, un perro, un gato y un gallo que cantan. Y esto queda demostrado en que toda Bremen, que por cierto es una ciudad bien bonita y chula, tiene referencias a alguno de los cuatro animales por todas partes. Destaca, obviamente, la estatua en la plaza principal (que recuerda un poco a la plaza de Bruselas), en la que se supone debes tocar las patas y hocico del burro para tener buena suerte. Por cierto, que la historia es un cuento de los hermanos Grim, anterior incluso a la serie de TVE con Tonto, Lupo, Burlón y Koki. Ojo, que va en serio y que existe una leyenda de una señora que se encontró restos mortales de Lupo en un callejón; y aparte, como se ve en las fotos, también tienen su versión de El Flautista de Hammelin en modo trompetero y con cerdos. En fin, una ciudad de fábula.

La plaza, los músicos, los cerdos…
La plaza, los músicos, los cerdos…

La verdad es que Bremen es de los sitios que me han gustado especialmente. Combina el ser una ciudad animadeja con tener edificios imponentes. Por ejemplo, es vital pasearse por el barrio de los pescadores, o por la plaza principal (que es la del ayuntamiento). Y de Bremen poco más que contar, salvo el encontrarnos con un alemán recio que llevaba tatuado el toro de Osborne en el corazón… probablemente estaba un poco mal de la cabeza. No en vano su perro estaba también dentro del bar.

El barrio de los pescadores y más sobre los Stadmusikanten.
El barrio de los pescadores y más sobre los Stadmusikanten.

Días 2 y 3: Hannover y Colonia

Tras levantarnos en Bremen y hacernos con todo lo que pudimos en el buffet del desayuno, pusimos la furgo rumbo a Hannover. Hay que decir que parte de la gracia de ir por carretera en Alemania es que de vez en cuando te encuentras con tramos que no tienen límite de velocidad. Lo cierto es que la furgo, salvo en cuestas abajo, no tiraba mucho más de lo que normalmente está permitido, pero hay coches que te hacen pasadas de fórmula uno.

Ahi estoy pisándole a tope desde Bremen hacia Hannover.
Ahí estoy pisándole a tope desde Bremen hacia Hannover.

Hannover es también una ciudad simpática, aunque de nuevo se demuestra que las ciudades europeas en domingo cierran, porque no había nada ni nadie por la calle salvo unos juguetes pseudocientíficos que no terminaban de funcionar. En cualquier caso, la ciudad tiene cosas que ver, pero tampoco es muy grande y el plan que hicimos de parar un par de horas fue suficiente y perfecto para ver las cosas más importantillas. Vital pasar por el ayuntamiento y ver las maquetas que allí tienen de la ciudad repasando la evolución de Hannover, incluyendo la maqueta de 1939 con todo bien destrozadito por los bombardeos.

Ahi está, nadie por la calle. Lo de debajo es el ayuntamiento molón.
Ahí está, nadie por la calle. Lo de debajo es el ayuntamiento molón.

De Hannover nos íbamos a ir a Dusseldorf antes de ir a Colonia, pero el tráfico, la lluvia, las mil obras de la autopista y que anochece a las cinco nos hicieron desistir y tirar directamente hasta Köln, como la llaman los de allí, para pasar dos noches. En todo el tiempo que estuvimos allí, aparte de patear la ciudad de cabo a rabo hasta morir de cansancio, nos dimos una comilona típica alemana. A saber y por cabeza: salchichas y carnaza con chucrut, patatas, puré y unos cuantos litros de cerveza.

Pues no dejé nada en el plato.
Pues no dejé nada en el plato.

El otro punto clave de la parada en Köln era visitar el museo del chocolate, simplemente porque el hecho de que alguien haya puesto al chocolate en un museo merece una visita. El problema es que el maldito museo cierra los lunes, que es el día que por lógica geográfica visitábamos Colonia, con lo que muy a mi pesar sólo pude hacerme unas fotos en la puerta. Y ni tan siquiera eso, porque el museo está en una especia de isla fortificada a la que se accede por un puente que pueden mover de forma que sea imposible llegar hasta el museo. Debe ser que han tenido a mucha gente cabreada los lunes, porque de no ser por el foso lo mismo voy y hago una locura. Una desilusión la del museo, pero también una excusa para volver a una ciudad llena de cosas que ver por todas partes.

Colonia, en general.
Colonia en general.

En realidad lo que todo el mundo recuerda de Köln es la catedral, que para quien no lo sepa es “el máximo exponente del gótico flamígero”. Eso viene a significar que es brutalmente grande y un bastante acojonante, y que merece mucho la pena ir e incluso subirse los 579 escalones que hay hasta lo alto (cuesta 2 euros) y ver todo desde allí arriba una vez recuperas la respiración. La catedral en sí mola, aunque me gustó más Nôtre-Dame en París.

 

El máximo exponente del gótico flamigero.
El máximo exponente del gótico flamígero.

 

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