Los paraísos existen: Roatán

Después de visitar Copán y de sufrir uno de los viajes más estresantes de la historia (pronto podréis leer sobre él) nos plantamos en Roatán dispuestos a cumplir con el objetivo principal de nuestras vacaciones: tumbarnos al sol, beber cócteles de colores y, por hacer algo, sacarnos el certificado de buceo. Acertamos de pleno, porque Roatán es exactamente ese tipo de sitio donde la vida pasa despacio entre la hamaca y la playa.

En la isla, la más grande de las que forman el archipiélago de las Islas de la Bahía, viven unas 30.000 personas. No produce absolutamente nada, por lo que las cosas son más caras que en la parte continental de Honduras. Incluso el agua potable y la electricidad dan problemas porque tienen que traerlas desde tierra firme. Su principal industria es el turismo, y su principal atractivo es bucear en uno de los arrecifes de coral más grandes, más chulos y mejor conservados del mundo. Y lo mejor es que todavía no está completamente sobre-explotada, aunque obviamente es cuestión de tiempo (pese a que son conscientes de lo que tienen y hay muchas normas para cuidarlo).

wes bay
Ya digo que teníamos claro lo que buscábamos, y lo encontramos…

Y como decía, es un sitio perfecto para ir a disfrutar de la vida. De hecho conocimos a un buen numero de expats, gente de diversos países que han decidido cambiarlo todo por una vida más simple. Y bien contentos que están. El jefe de nuestra escuela de buceo, un sudafricano que lleva en Roatán más de diez años, nos lo dijo bien claro: a veces nos damos cuenta de que nos estamos quejando de la vida, y entonces lo pensamos un poco y… jajaja, tenemos una vida genial. Incluso conocimos a un par de guiris jubiladas que han decidido pasar el esto de sus días preocupadas exclusivamente de tomar el sol, comer en el chiringuito y bucear de vez en cuando. Así que imaginaos cómo es para ir a pasar una semana de relax.

De las diferentes zonas de la isla nosotros nos quedamos en West End, atrapados por sus características principales: costes, estilo de vida y buceo. Nos buscamos un hotel bien majo (Mariposa Lodge), con cocina para no tener que comer fuera toda la semana, terracita con hamaca y WiFi para dar envidia en Facebook. Todo lo necesario, vaya. Si eres muy vago, la única pega es que hay que ir hasta Coxen Hole para hacer la compra. Los mini-supermercados de West End tienen pocas cosas (muchas de ellas caducadas) y son tirando a caros para el estándar hondureño.

West End Beach
A dos minutos de nuestro hotel. Lujaco.

¿Y cómo se va a Coxen Hole? Fácil. En Roatán hay taxis y autobuses, y son bastante eficientes dentro de la velocidad a la que van las cosas en la isla. Los taxistas son extremadamente cansinos, que en cuanto te los cruzas hacen sonar el claxon hasta asegurarse bien de que de verdad no quieres coger su taxi. Así que cogimos el autobús, que es más salao y algo más barato. Estos autobuses son furgonetillas llenas de señoras con bolsas de la compra y adolescentes en la edad del pavo que son copias exactas de Cristiano Ronaldo. No hay paradas fijas, así que el autobús para donde se lo pidas al conductor siempre que éste tenga espacio y ganas suficientes para parar.

Pero no es el único autobús que puedes coger. Como no hay paradas, a la salida del súper nos pasamos cuarenta minutos esperando el autobús en una calle donde no pasaba; y cuando llegamos a donde sí había autobús estaba lleno y no pudimos subirnos. Entonces un niño de 12 años vestido con uniforme de colegio se asomó por la ventana de un autobús pintado con caracteres japoneses y nos preguntó (con un inglés diez veces mejor que el mío) que a dónde íbamos. Así que acabamos subidos en el autobús escolar japonés, rodeados de niños hondureños que hablaban inglés entre ellos mientras nosotros comentábamos en español la letra de la canción que tenía puesto el conductor: “quiero tener sexo contigo, lalalalalaala”. Al llegar a West End dejamos una propina al autobusero por ahorrarnos la espera y regalarnos semejante experiencia. Y porque creemos que era la idea, vaya.

baleadas honduras
A la rica baleada. No te pidas dos salvo que de verdad te mueras de hambre, que son contundentes.

Aparte de lo que nos cocinamos nosotros, en Roatán también probamos dos de los platos típicos de Honduras: la baleada y el pollo frito. La baleada es un primo lejano de los burritos y los muchos platos de Centroamérica que consisten en llenar una tortilla de maíz con lo que tengas a mano. Nosotros probamos la de chorizo, la de carne y la mejor de todas: aguacate y huevo. También buscamos un sitio para comer pescado y marisco, pero fue imposible. Entre la protección del arrecife, el sablazo al turista y el gusto local al parecer es bastante complicado. Es una pena no poder comerte una langostita después de haber estado buceando con ellas. Al final acabamos haciéndonos amiguetes de Wilfredo, un hondureño muy salao que monta un puesto de comida mejicana en la calle principal de West End. Allí acabamos un par de noches comiendo gringas y tacos excepcionalmente buenos, y bebiendo cervezas que obviamente venían de la tienda de al lado.

Además de bucear y comer también sacamos un día para ir a West Bay y catar su famosa playa. Como nos dijeron que “por poderse, se puede” mi cacho-carne se empeño en ir hasta allí andando por la costa. Vimos una iguana, pero también carteles que dicen que la zona no está vigilada y que mejor no te des el paseo de noche. Entre eso y que estábamos un poco cansados de no hacer nada a la vuelta cogimos, atención, el water-taxi. Se trata de lanchas que te llevan de un sitio a otro por tres dólares por persona, y es más rápido y cómodo que ir por carretera. Personalmente prefiero los moto-taxis de Copán, que son más aventura loca, pero los water-taxis también molan bastante.

Water Taxi
¿Quién se negaría a darse una vuelta en water-taxi?

Pero volvamos a la playa. Por la playa que tiene, ir hasta West Bay merece la pena. La única pega es que la playa en cuestión está literalmente tomada por las hamacas de los resorts, tanto que te sientes como en Los Pájaros de Hitchcock. Por suerte, justo al final de la playa había un hotel en obras y dejaba una zona libre de hamacas, así que allí plantamos nuestras toallas, junto al resto de plebeyos. Pasamos todo el día leyendo, yendo a darnos algún chapuzón y viendo pasar a un señor que podría ser el abuelo de Jesucristo gritando “¡banaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa donuts!”. Vale, también fuimos a uno de los chiringuitos a comer tacos de langosta con una cervecilla, pero no quería daros tanta envidia…

West Bay Beach
paradisiaco hasta donde alcanza la vista. ¡Y debajo del agua es aún mejor!

Nuestras últimas horas en Roatán fueron otra buena aventura. Aerolíneas Sosa nos hizo la grandísima putada de cambiar nuestro vuelo de las 8.30am a las 6.30am, y avisarnos por correo electrónico la noche antes del viaje. Tuvimos la suerte de ver el correo (bendita adicción a Internet), pero no pudimos cambiar la hora del taxi que venía a recogernos. Acabamos vagabundeando a las cinco de la mañana a ver si encontrábamos un taxi, que por lo que os he contado del ritmo de vida de la isla ya os imaginaréis que no. Menos mal que un avispadísimo hondureño que estaba limpiando una terraza nos vio pasar y nos preguntó si buscábamos un taxi. Guiris con mochilas andando por la calle a las cinco de la mañana con cara de preocupación… no podíamos negar lo evidente, y tampoco es que tuviésemos más opciones, así que nos dejamos llevar.

El chico nos dijo que le siguiéramos y “negociamos” el precio del viaje: nos preguntó cuánto nos habían dicho que costaría el taxi, le respondimos con un precio algo más bajo (¡a alguien le teníamos que regatear!) y listo. Nos dijo que su hermano tenía un coche y podía llevarnos, pero cuando llegamos a donde debería estar su hermano no había vehículo alguno. Menos mal que pasó un coche rojo que el chico paró diciendo “this is my cousin” (por defecto nos hablaban en inglés, asumiendo que éramos americanos). Hablaron un poco y nos dijo que su “primo” nos llevaba, pero que teníamos que pagarle a él antes de subirnos al coche. Sí, todo suena un poco chungo, pero os recuerdo que nos jugábamos perder el avión y quedarnos en la isla (mmm quizá era el destino dándonos una oportunidad…).

Una vez en el coche la tensión era palpable. Al “primo” le habían colocado de chófer y no iba a ver beneficio alguno del asunto, y a nosotros se nos ocurrían mil maneras de que la cosa acabase muy mal. Así que mi cacho-carne decidió hablar en español con el conductor, y ahí recuperamos la sensación de seguridad que nos acompañó por Honduras todo el viaje. No sólo era un tío majete, sino además de lo más enterado, que se sabía todos los cotilleos políticos de Centroamérica, Estados Unidos y Europa de los últimos cincuenta años. El caso es que llegamos al aeropuerto perfectamente y con tiempo de sobra para cagarnos en Aerolíneas Sosa, o al menos en su aeropuerto.

Y aquí voy a parar. Ya veis que sin haber tenido tiempo de visitar a los garifunas de la zona este y dejando el buceo para otra entrada, una semana en Roatán da para mucho. Tanto que ahora que lo conocemos no descartamos volver (de hecho lo “cartamos” bastante…) porque entre el coste de la vida, el ambiente paradisiaco, la vida extremadamente relajada y que hay vuelos directos desde Canadá nos parece un destino ideal para escapar del invierno cuando no lo aguantemos más.

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Hay 3 comentarios a este artículo

  1. Narayani dice:

    Es verdad que al final os salvó el culo, jaja. Eso no lo puedo negar 🙂

  2. dresde dice:

    @Narayani: el WiFi no era para ponerse al día sino para dar envidia colgando fotos tumbados en la hamaca o debajo de una palmera (literalmente). Y oye, al final nos salvó el culo. Internet pa tós!

  3. Narayani dice:

    Desde luego es un sitio idílico para desconectar y huir del frío que tenéis allí. Yo también quiero buscar un paraíso para desconectar de vez en cuando aquí en Chile.

    Para mí lo único que me ha fallado de todo lo que has contado ha sido el tema del WIFI. En un sitio así habría intentado no conectarme a internet nunca.

    Ya me he puesto al día! 🙂

    Buen finde!