Bajo el mar, bajo el mar…

Como habéis visto en las últimas entradas, nuestro viaje a Honduras fue una experiencia fantástica. Y todavía no os he contado lo mejor: el curso de buceo. Decidimos hacerlo porque pensamos que cinco días en Roatán sin hacer ni el huevo se nos iban a hacer demasiado largos, y además no podíamos estar a dos palmos del segundo arrecife de coral más importante del mundo y no hacerle una visita… y aunque nos lo pensamos porque nos ponía un poco por encima de nuestro presupuesto, estamos muy contentos de haberlo hecho.

La zona de West End en Roatán está llena de escuelas de buceo, y los precios son más o menos los mismos en todas (y es de los sitios más baratos del mundo). Aún así no está de más preguntar en varias escuelas a ver cuál te da buen rollo… en mi pedante opinión no se trata sólo del precio, sino de ver el tipo de gente de quién va a depender tu vida cuando estás respirando aire embotellado a quince metros de profundidad, la presión puede taladrarte el tímpano y al subir a la superficie puedes llenarte el cuerpo de burbujas de nitrógeno que te maten al cabo de un par de días. No sé si me explico.

Nosotros acabamos escogiendo Reef Gliders, que tiene muy buenas críticas en los foros de Internet y son los que mejor nos cayeron cuando fuimos a preguntar. Además, como ya era prácticamente temporada baja (lluvias y viento) estaban bastante libres y nos pusieron a una profesora para nosotros solos. Y por si eso fuera poco tuvimos suerte con la profe, una portuguesa-alemana de esas que ha decidido disfrutar de la vida en vez de vivir encerrada en una oficina y que se encargó de que lo pasásemos bien, aprendiéramos mucho y aprobásemos el examen.

Como muchos de vosotros ya sabréis (no soy precisamente el primero en sacarse el certificado de buceo), el curso se compone de dos partes: la práctica y la teórica. La parte teórica consiste en empollarse un libro y ver unos DVDs para saberse todas las normas de seguridad, cosas técnicas de la práctica de buceo (por qué flotas, por qué te hundes, qué significan esos números en la bombona de oxígeno, etc.), el mantenimiento del equipo y todos esos temas. Además de eso son unos cachondos y tienes que aprenderte cosas como que puedes comprarte las gafas a juego con las aletas y el tubo; y tienes que grabarte a fuego el lema del buceador PADI: go places, meet people, do things.

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Más oficial no puede ser: ¡el primer calcetín buceador!

Lo peor de la parte teórica es que te reconcome por dentro haberte ido hasta las paradisiacas playas de Roatán para estar encerrado estudiando. Puedes hacer el curso on-line desde tu casa, pero por alguna extraña ecuación matemática PADI te lo cobra más caro que si vas a la escuela. Así que en resumen, es un tostón impresionante que sólo sacas adelante porque sabes que luego te dejan meterte en el agua a ver langostas. Y porque un par de neuronas de tu cerebro te recuerdan que tu vida depende de ello, pero vamos, principalmente por lo de ver langostas. El examen en cuestión es más que asequible, lo que tampoco es ninguna sorpresa cuando el curso completo dura tres días y la mitad del tiempo estás en el agua.

Y eso es lo mejor de la parte práctica: el agua. Otra de las ventajas de hacer el curso en Roatán es que toda la parte práctica la haces en el mar, en zonas poco profundas y bien protegidas. Vaya, en lo que viene siendo la playa, que mola más que cualquier piscina. Ahí es donde aprendes a respirar el aire de la bombona (al principio es un poco raro, pero en cuanto te acostumbras no tiene problema), a controlar tu flotabilidad para manejar la profundidad a la que te mueves, a quitarte y ponerte la máscara y vaciar el agua que se te mete en los ojos, a ecualizar para que la presión no te reviente los tímpanos o te saque los ojos de las cuencas, etc. De primeras parece mucho, pero en realidad es todo bastante intuitivo y no hay nada que tenga mucho misterio.

Pero aún queda lo mejor, que es bucear en el arrecife de coral de Roatán. Para que os hagáis una idea, en nuestro primer descenso vimos dos tortugas (nadando con los peces, ¡igualito que en Nemo!), una manta raya y una langosta y peces payaso. A partir de ahí os podéis imaginar lo que nos ha gustado la experiencia, pero si andáis escasos de imaginación aquí va una lista de animales que hemos visto: más langostas, otro tipo de manta raya, un cangrejo gigante, barracudas, pepinos de mar, mini-medusas y un número inmanejable de peces de colores. Es una experiencia increíble, todo tan azul y tan cristalino, los peces tan simpáticos, la sensación de calma y tranquilidad… los que habéis buceado sabéis a que me refiero, y los demás os tendréis que poner las pilas.

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Bajo el mar, bajo el mar…

Por supuesto también vivimos nuestros propios retos. Por ejemplo, la novia de mi cacho-carne tuvo que lidiar con las inundaciones de su máscara sin perder las lentillas; y en el obligatorio examen de natación mi propio cacho-carne se las tuvo que apañar para dar suficiente pena como para que le aprobasen, que nadando no lo habría conseguido. También sufrimos la picadura de las mini-medusas, con el susto que da vernos un sarpullido negro en el brazo…. sí, negro y no rojo, porque ese es otro tema que mola: bajo el agua ser daltónico no importa tanto porque según ganas profundidad se pierden colores, ¡ja!.

Aunque nuestras hazañas se quedan en nada al lado de las de Pam. Pam es una señora estadounidense que tras jubilarse decidió irse a Roatán, y la calculamos 80 años. Todos los de la escuela la conocían, así que debe de ir a menudo. Lo que la hace tan especial es que da la impresión de que Pam tiene Parkinson, y en la superficie parece tener bastantes dificultades para moverse (por supuesto no puede cargar con el equipo ni nada parecido). Pero en el agua se mueve con total naturalidad y precisión, y salta a la vista que se siente mucho más cómoda y sale del agua con una sonrisa enorme. Ahí queda eso para los que os gustan las historias de superación.

Para terminar esta entrada tengo que decir que el curso es mucho más intenso de lo que imaginábamos. Nos levantábamos a las ocho de la mañana y nos íbamos a dormir a las nueve de la noche, sin haber hecho otro cosa en todo el día. Entre los DVDs, estudiar y el ejercicio de la parte práctica (cansa, y mucho) no nos quedaba tiempo ni ganas para hacer nada más, así que si pensáis hacer el curso intensivo tenedlo en cuenta. Pero insisto en que merece muchísimo la pena, y es asequible para todo el mundo: si Pam puede tú también. Ya he dicho que por el buceo y otras razones paradisiacas volveremos a Roatán, pero lo que nos toca es pensar el siguiente destino bajo el mar… aunque me huele que va a ser difícil encontrar un sitio tan impresionante y con tanta vida. ¿Sugerencias?