Bélgica: cuatro días, cuatro ciudades, mil ganas de volver (vol. 2)

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Capítulo dos: La suerte vive en Antwerpen.

La primera parada de nuestro viaje era la comida en Amberes, sin más pretensión que pasar un ratillo, ver la ciudad en sí misma y no llegar demasiado pronto a Bruselas, no fuese a resultarnos demasiado fácil el encontrar un hostal donde dormir. Como ya ha quedado claro encontrar el centro de Antwerpen no fue fácil, y cuando conseguimos atinar con la calle buena resultó haber un atasco monumental, que es como se producen los atascos cuando alguien se para a aparcar en una calle compuesta por cuatro carriles en los que tienen que circular los coches, autobuses, tranvías y bicicletas en los dos sentidos.

Cansados de la situación decidimos aparcar, no sin antes hacer una pirula en condiciones para cambiarnos de carril, e ir caminando hasta el maldito dentro de la ciudad. De camino preguntamos a un chico si estábamos en Antwerpen, simplemente por confirmar lo que sospechábamos y sacarnos de la duda.

Tipica foto turistica antwerpeniana.
Típica foto turística antwerpeniana.

Como ciudad, Amberes me desilusionó un poco. Esperaba algo más espectacular, más digno de lo que me había contado una amiga que acababa de volver de allí. No es que esté mal, es simplemente que no llama tanto la atención como el resto de Bélgica. De hecho de haber visto esta ciudad la última me habría parecido una caca de vaca belga, pero ya llegaremos al resto. El caso es que tiene un par de lugares coquetos, una calle principal y comercial muy maja (aunque llena de obras, claro) y unos habitantes increíbles.

Mis amigas de Antwerpen, portadoras de objetos mágicos.
Mis amigas de Antwerpen, portadoras de objetos mágicos.

Esas avestruces gigantes y azules (por tanto y por deducción: cósmicas) nos dieron unas pulseras mágicas. En principio no es más que un cacho de goma azul con publicidad de una tienda de electrodomésticos… pero desde el primer momento supimos que ese objeto era un regalo de unos dioses que querían ayudarnos en nuestra misión de conocer Bélgica, y que habían usado a los avestruces cósmicas como mensajeros molones.

Justo antes de que nos dieran las pulseras nos dimos cuenta de que no habíamos puesto ticket a los coches, con lo que probablemente al volver a por ellos tuviésemos multas y cepos, si es que la grúa no había conseguido llevárselos. Pero tal es el poder mágico de las pulseras que, después de recorrer la ciudad y hacer la división ancestral para pasar el rato (los chicos al bar, las chicas de compras) encontramos los coches sin nota alguna de multa. No sé realmente cómo es en Bélgica, pero si en Madrid aparcas el coche cinco horas sin poner ticket no hay pulsera mágica que te salve el culo.

Capítulo tres: Bruselas de noche y de día.

Esa misma tarde nos fuimos a Bruxelles (Bruselas), donde teníamos amistades gracias a las que salió toda la idea de ir a Bélgica. Tras unos cuantos kilómetros de autopista en dirección opuesta y esas cosas, llegamos a la ciudad y nos preguntamos si Evere es un barrio de Bruselas, otra ciudad pero pegada o una palabra que no sabemos lo que significa. Como está confirmado que es otra ciudad, podemos exigir al gobierno belga que especifique en los carteles en los que pone “centrum” al centrum de qué ciudad se refieren, y ahorrarnos unas cuantas vueltas por Evere.

Tras un par de preguntas y tratar de descifrar el francés y el holandés, conseguimos aparcar de gratis dentro de la zona centro de la auténtica Bruselas. Parece fácil, pero hay que tener en cuenta que llegamos 10 minutos después de que se terminase el horario de pagar por aparcar, que al día siguiente era domingo y que no había que pagar por aparcar y que aparcamos junto a una de las calles principales, llena de hoteles y hostales en los que buscar donde dormir. Sin duda la pulsera mágica funciona, pero aún hay más.

El botánico de Bruxelles. Aqui al lado aparcamos, aqui al lado está el hotel.
El botánico de Bruxelles. Aquí al lado aparcamos, aquí al lado está el hotel.

Uno de esos hostales cercanos era el albergue de la juventud, en el que habíamos intentando reservar sitio pero estaba lleno. En cualquier caso fuimos para ver si nos podían decir otro sitio barato para dormir… y mientras el recepcionista decía cosas como “¿Siete? ¿Venís siete sin reserva? ¿Es una broma?” debió de darse cuenta de que llevábamos las pulseras mágicas y terminó diciendo “tenéis suerte, acabo de hacer una cancelación”. ¿Tiene o no tiene sentido que adoremos un cacho de plástico azul enrollado en nuestra muñeca (en mi caso el cuello)?

Tras regodearnos un rato en nuestra suerte y hacer las llamadas pertinentes para la noche, nos fuimos a ver Bruxelles, a cenar y a darlo todo de fiesta. Entonces empezamos a descubrir lo que se confirmaría por la mañana: Bruselas es una de las ciudades más bonitas y con mejor pinta para vivir de las que este calcetín ha visto. Y con un edificio con luces de colores.

sperad a verlo con la luz del dia.
Esperad a verlo con la luz del día.

Aparte, como ciudad para salir resulta mucho más animada que La Haya y mucho más agradable que Amsterdam. Lo de La Haya se explica rápido: esto es un poco muermo, y lo “no muermo” consiste en bacalao a todo trapo. Sí, diversos tipos de bacalao, pero igualmente machacones. En cuanto a lo agradable, pues seguramente sea porque es más similar a lo que acostumbramos en España: bares, música, gente por la calle, sitios de bocatas abiertos a las 4 de la mañana… en fin, lo que se puede definir como ambiente de marcha, mientras en Amsterdam todo es vicio puro y duro. O puro y blando, o impuro e intermedio; que puedes elegir.

Sobre las copas (dato que siempre interesa a la juventud española) poco puedo contar, aparte de por la responsabilidad que conlleva ser el conductor por el pequeño detalle de que los belgas son también muy cerveceros. Eso se traduce en que en los bares hay cerveza buena y barata. Y sobre todo, los bruxellitas tienen un bar llamado “Delirium Café” que tiene el record Guiness de cervezas: a día de hoy tiene una carta de 2007 marcas, y cada año añaden una nueva a la lista. Pasada la tentación de pedir una Mahou Clásica y una Mahou 5 Estrellas (por ser aventurero), probamos cervezas con saber frambuesa (ojo que sigue siendo cerveza y emborracha igual), de diversos grados de alcohol y de diversos “toques”. Sí, los Erasmus de allí intentan terminar el año probándolas todas y yo me sé de algunos que disfrutarían tanto como yo allí dentro coleccionando chapitas. Además, no es nada caro, entre semana no está tan lleno y tienen música en directo.

Un bar al que sé que volveré.
Un bar al que sé que volveré.

En fin, al día siguiente nos levantamos temprano, sobre todo teniendo en cuenta la hora a la que nos acostamos (la cama nos salió a 7 euros la hora…), para conocer la ciudad. Hay que dar las gracias a nuestra guía, que nos enseñó con infinita paciencia la ciudad de una forma que nos quedamos enamorados y preguntándonos por qué no pediríamos la Erasmus a Bruselas. Es una ciudad para visitar y para quedarse a vivir. Las calles son preciosas, tiene la suficiente gente para no ser un muermo y no tanta como para ser agobiante, es grande pero puedes ir andando la mayor parte del tiempo, tiene altas instituciones europeas… eso sí, lo de los monumentos de un niño y una niña haciendo aguas menores me parece un poco excesivo. Aquí os dejo unas cuantas fotillos para que os entren ganas locas de ir a Bruxelles.

Ciudad preciosa donde las haya, insisto.
Ciudad preciosa donde las haya, insisto.

Después del tour, cuando ya estábamos perdidos buscando la forma de llegar a la autopista para ir a Brujas, decidimos que no habíamos dado suficientes vueltas por la ciudad y nos pasamos una hora entera persiguiendo el famoso Atomium (ahora “Antonium”, por su descubridor). Digo “persiguiendo” y no “buscando” porque no cabe duda de que se movía, y por eso cada cartel nos mandaba a un sitio diferente y se hacía tan difícil de encontrar.

El famoso, a la par que dificil de encontrar, “Antonium”.
El famoso, a la par que difícil de encontrar, “Antonium”.

Eso sí, cuando llegamos mereció la pena porque pudimos hacernos fotos al lado y nadie puede decirnos “¿estuvisteis en Bruselas y no visteis el Atomium? Qué fuerte, qué falta de valores, ya os vale”. Eso sí, que no nos pregunten si entramos porque era muy tarde y Brujas está a más de media hora por autopista. Por la autopista adecuada, claro.

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