Como bien sabéis los que seguís a mi cacho-carne por las redes sociales, esta semana nos hemos pasado por el Air Canada Center para ver en vivo y en directo un partido de los Toronto Raptors. Hago un punto y aparte para que la envidia os corroa sin prisa.
Ya imaginaréis que era una visita obligada para mi cacho-carne. Además los planetas se alinearon y como aquí nadie quiere ir a los partidos de los Raptors (primero porque son tirando a paquetes para la NBA, y segundo porque aquí el baloncesto se considera un deporte de mariquitillas -y lo es, como casi cualquier cosa que compares con el hockey sobre hielo) Groupon ofrecía unas entradas con un descuento que hacía el evento asequible (60 dólares por dos sitios decentes). Así que allí que nos plantamos, con suficientes cámaras para hacer un documental y luciendo la camiseta del Estudiantes para marcar territorio. Y ya cenados, porque un perrito caliente en el puesto de la calle son 3 dólares (y es un señor perrito, de los de las películas) y uno dentro del estadio cuesta $10. Y no, no te dejan meter comida ni bebida, aunque tampoco es un registro que mi padre con un plumas y usando un hijo de señuelo no sepa esquivar.
Esa, por cierto, es la primera diferencia con el baloncesto en España: aquí el partido de baloncesto es un negocio que se exprime al máximo, para lo bueno y para lo malo. Lo malo es la sensación de que todo está hecho para que te gastes dinero: máquinas recreativas baloncestísticas en la entrada, bares por todo el estadio, una tienda de merchandising cada tres metros, publicidad hasta en la sopa, etc. Lo bueno es que la NBA es un negocio americano y esta gente sabe hacer las cosas… ¿de qué si no iba a tener mi cacho-carne una foto con las cheerleaders?
Ya en el asiento la sensación es abrumadora. El estadio es enorme (que cuando hay hockey la gente se vuelve muy loca), la pantalla gigante en el centro, las cámaras paseándose por el estadio y sacando a gente en la pantalla gigante, los carteles luminosos, la megafonía, la música, los vendedores ambulantes… todo. Y mientras tú estás flipando con el estadio de repente apagan las luces y cantan en directo el himno de Estados Unidos y el de Canadá, pero eso no es nada porque aún queda la presentación de los equipos.
Los que habéis ido a un partido de baloncesto sabéis cómo se presentan los equipos en España normalmente: van diciendo los nombres por megafonía, y los jugadores van saliendo a la pista en fila. En algunos pabellones ponen música o atenúan las luces cuando presentan al equipo local, pero suele quedar un poco cutre o un poco “queremos ser guays pero no lo conseguimos”, como en el caso del Real Madrid. Pues bien, en Toronto presentan al quinteto titular en vez de a toda la plantilla, primero al visitante con un poco de alegría y luego al equipo local… y aquí es donde os pondría un vídeo si hubiese sabido lo que iba a pasar o mi shock hubiese sido menor, pero os tendréis que conformar con la descripción: luces al mínimo, música a tope, megafonía que ruge “Desde España, Joseeeeeeeeee (lo dicen sin tilde) Calderón”, fuegos artificiales dentro del estadio y llamaradas desde los tableros. He dicho fuegos artificiales y llamaradas, como en un concierto de heavy metal o de Madonna.
Después de semejante subidón empieza el partido, y por supuesto sabe a poco porque el baloncesto, aunque se empeñen en jugar con normas distintas a las del resto del mundo, es básicamente igual. En plan pedante baloncestista diría que hay una falta de intensidad en los jugadores importante, que las defensas son malísimas (hay una norma que prohíbe la defensa en zona) y que los ataques que no dirige gente sabia como Calderón carecen de estrategia más allá del “vamos a dársela a este jugón a ver qué se inventa”. Supongo que la sensación es distinta cuando ves un Lakers vs. Heat, pero creo que cualquier equipo de la Euroliga podría plantarse frente a los Raptors o los Bucks que yo vi. El Barça directamente se los zampa y pide más.
Pero no olvidemos que en la NBA el baloncesto es sólo algo que pasa durante el espectáculo. Durante todo el partido (quiero decir, mientras los jugadores están jugando) ponen música, desde lo más discotequero que te puedas imaginar hasta tonos para animar. En todos y cada uno de los descansos y tiempos muertos, incluso en los de veinte segundos, pasa algo: cheerleaders enseñando cacho, la mascota haciendo alguna tontada graciosa, concursos en la pista, regalos en la grada… de todo. No hay un momento en que te aburras, y si te aburres y te entra el gusanillo pides sin moverte de tu asiento cerveza, refrescos, palomitas, perritos calientes, nachos con salsa, helados… si no lo tienen en la mochila van hasta el bar y te lo traen, que ya te lo cobran después (y por supuesto, va con propina).
Como nota personal, me pareció un poco triste lo poco animada que está la gente. Tienen merchandising saliéndoles por las orejas, están viendo la NBA en directo y sólo se animan un poco cuando hay una jugada espectacular o en los descansos para ver si les sacan en la pantalla gigante. El resto del tiempo nadie anima ni canta, y me recordó un poco a las veces en que he estado en el pabellón del Real Madrid rodeado de madridistas sosainas. A lo que no ha llegado todavía el Madrid (que yo sepa) es al nivel de tener animadores que van por la grada regalando aplaudidores hinchables y con un cartel para decirle a la gente cuándo aplaudir y cuándo hacer ruido (y como los canadienses son muy educados, cumplen). Muchas llamaradas y musicote, pero estos no han visto un pabellón a reventar durante la Copa del Rey.
Pero, y quizá fuese por la novedad o porque hacía meses que no iba a un partido de baloncesto, yo me lo pasé como un enano. Así que espero poder repetir la experiencia y prometo esforzarme en grabar todo el espectáculo que rodea al partido para que podáis entender lo que se siente. Me sacrificaré por vosotros.
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