Nacido para el invierno

Creo que ya he dicho alguna vez, y si no os lo digo ahora, que para sobrevivir al Invierno Canadiense™ es absolutamente imprescindible tener un plan. No sólo del tipo «voy a dormir por las noches en una casa con calefacción», sino un plan de cosas que hacer para «disfrutar del frío» y no perder la cabeza entre diciembre y abril. Preferiblemente algo que combine despejar la mente, hacer ejercicio y salir de casa, porque si no de verdad que esto se hace muy largo (se nota que estoy escribiendo esto a finales de marzo, eh…).

Por eso, como el cachito-carne ya tiene casi tres años, este año le hemos iniciado en el patinaje y el esquí. Que parece todo ocio y diversión, pero ya digo que es una inversión en salud mental para el futuro. Y además la curva de aprendizaje es bastante dura, que esto no es como tocar la guitarra que puedes seguir intentándolo tranquilamente sentado en el sofá que ya sonará bien: aquí hasta que no le coges el truco te das de morros contra el suelo constantemente. Por algo es obligatorio el casco.

Patinar sobre hielo es de las mejores cosas que puedo recomendar para el invierno en Toronto. Si tienes unos patines sólo tienes que encontrar la pista más cercana a tu casa y es gratis, así que puedes estar quince minutos o dos horas según lo que te apetezca y sobretodo según tu resistencia al frostbite. Así que una tarde nos fuimos con el cachito-carne al parque, le atamos unos bob skates (el equivalente patinil a los ruedines de la bici: unas plataformas que se atan a sus botas y tienen dos cuchillas) y le pusimos en el hielo a ver qué pasaba. Me gustaría decir que le dimos una charla inspiradora o una tanda de sabios consejos prácticos, pero para ser sinceros suficiente tiene mi cacho-carne con no esmorrarse él con los patines como para ir enseñando.

Talento natural.

Por suerte, mientras mi cacho-carne se jugaba la vida intentando hacer fotos y vídeos mientras patinaba, el insitinto del canadiense nato salió a reducir y, un segundo después de haber tocado el hielo, el cachito-carne estaba andando de un lado para otro. Lo de andando es literal, porque las dos cuchillas del bob skate dan mucha estabilidad y no hace falta pensar mucho en la técnica. Se lo pasó tan bien que echamos la tarde entera y volvimos al día siguiente a por más. Lo único un poco preocupante es que también se interesó mucho por lo que estaban haciendo unos niños que había jugando al hockey, y eso entra en competencia directa con los intereses deportivos familiares… pero no os preocupéis que ya hemos intervenido y en dos semanas empieza unas clases de baloncesto.

Para el esquí hubo que planificar un poco más, porque no basta con bajar al parque una tarde. Hay que encontrar una buena montaña (la cacho-wife necesita al menos una pista de cinco rombos negros y tres calaveras para divertirse), hace falta sacar pases (que con el coronavirus por ahí zurriendo significa reservar con antelación porque hay capacidad reducida), alquilar equipo…. vamos, hace falta cogerse una semana de vacaciones y plantarse en casa de los grand-parents en Quebec, que viven al lado de una estación de esquí bien maja, y además nos dan de comer y si ponemos ojitos hasta nos hacen la lavadora.

El cachito-carne escuchando los consejos de Grand-papa para ir a las olimpiadas.

Lo que no planificamos fue cómo enseñar al cachito-carne a esquiar. No se nos ocurrió apuntarle a clases hasta que estábamos en la nieve con los esquís puestos y nos dimos cuenta de que no teníamos plan más allá de darle un empujoncito colina abajo. Y eso fue un fallo, porque el primer día de esquiar es mucho más duro que el primer día de patinar, aunque la nieve esté más blandita que el hielo. Además llegamos a una hora en la que justo había una guardería dando su clase semanal, así que en vez de ofrecer al cachito-carne un ambiente relajado y mucho espacio para aprencer a su ritmo nos encontramos con treinta niños de los cuales la mitad iban como balas y la otra mitad estaban llorando.

Por suerte éramos cuatro adultos y que uno de los monitores que estaba con la guardería nos vió sufrir y nos echó un cable. Pero ojo, que lo difícil no era bajar. El cachito-carne bajaba riéndose a carcajadas, y bastante más rápido que su padre. El problema era subir la colinita de aprender (que en términos de esquí se llama «alfombra mágica»), que eso al cachito-carne le pareció mucho menos divertido. Así que subía llorando, bajaba riéndose, y al llegar abajo pedía volver a empezar. Y sólo pudimos romper el ciclo con la promesa de un chocolate caliente.

En cualquier caso, creo que las dos actividades han sido un éxito. Y eso que, desde el punto de vista del cachito-carne, tiene que ser difícil de entender…. yo me imagino que lleva todo el invierno preguntándose por qué, ahora que le estaba cogiendo el truco a andar, insistimos en atarle cosas en los pies y le tiramos por superficies resbaladizas.

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Ya hay un comentario a este artículo

  1. Pah-put-xee dice:

    ¡Me quedo helado con las habilidades del niño! A esa edad su padre no sabía ni subirse a una bicicleta, y años más tarde cuando fue a una instalación mundialista para que le enseñaran a nadar únicamente aprendió a no ahogarse ¡algo es algo!