La silla muskoka, remasterizada

Hace ahora cuatro años introduje en este blog el asiento canadiense para disfrutar bien de la vida: la silla muskoka. Pues aquí llega la esperadísima segunda parte.

silla muskoka
Esta foto tiene cuatro años. El tiempo vuela.

En estos cuatro años le hemos sacado todo el jugo a la silla. En ella hemos disfrutado de barbacoas, visitas, ascensos, nuevos trabajos, cumpleaños, una boda, y la llegada de nuestro primer hijo. Pocas sillas han vivido tanto en tan poco tiempo. Y todo eso bajo la atenta mirada de las hordas de mapaches que nos acechaban en ese apartamento y que, en mi cabeza, se morían de ganas de sentarse en mi silla.

De hecho, pese a todo el uso que le hemos dado, la silla ha pasado más tiempo dentro que fuera. En verano, porque con la amenaza mapache prefería que no durmiese fuera no me la fuese a encontrar cagada y mordisqueada. Y los otros nueve meses del año porque los muebles de madera son poco amigos del frío y la nieve (vamos, que están poco pensados para Canadá), así que teniendo sitio dentro para qué íbamos a dejarla ahí fuera.

Pero la llegada del cachito-carne el año pasado cambió las cosas. El cuarto de la silla, que también era oficina y dormitorio para las visitas, pasó a tener nuevo dueño y poco sitio, y decidimos que si queríamos usar la silla alguna vez tenía que estar ya fuera porque no era plan de bajar dos plantas hasta el garaje y subir otra vez cargando con la silla.

Después de estos cuatro años de buen uso y de todo un año a la interperie expuesta a mapaches y temperaturas heladoras, la silla había perdido el lustre. Y así se disfruta menos de la vida. Así que a mi cacho-carne, que con toda la inocencia del mundo empezó la baja de paternidad haciendo una lista de proyectos porque «hay que aprovechar el tiempo libre que voy a tener», se le había puesto entre ceja y ceja repararla antes de encontrarle su sitio en la nueva casa y usarla este verano.

Cuatro años de disfrutar de la vida, y lista para otros cuatro.

Bueno, pues mes y medio después por fín podemos usar la silla. Porque aunque todo lo que había que hacer era lijarla y ponerle una nueva capa de protector, cuando te estás ocupando a tiempo completo de cuidar a un bebé (o toddler), encontrar dos horas seguidas para hacer cualquier cosa que no tenga que ver con el susodicho bebé es un reto similar a encontrar el Santo Grial. La próxima vez que habléis con alguien que está de baja por maternidad/paternidad quitaos la idea de que son vacaciones: se disfruta un montón, pero es un trabajo a tiempo completo y algunos días agotador.

Como podéis ver en las fotos, el curro y la espera han merecido mucho la pena. Está mal que lo diga yo, pero ha quedado como nueva. Que sí, que si miras entre las tablas ves algún churretillo, pero es que hay que tener en cuenta que mi cacho-carne sabe de reparar sillas o tratar madera lo mismo que de pilotar cohetes a Marte. Si la primera vez que haces algo completamente nuevo el resultado es bastante decente, pues es un exitazo, ¿no?

Repito lo que dije hacecuatro años: el sitio perfecto para la silla perfecta para el culo perfecto.

Así que ya sabéis dónde vamos a estar sentados en los ratos libres de lo que queda de verano, disfrutando de la vida con el cachito-carne.

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Hay 2 comentarios a este artículo

  1. pah-put-xee dice:

    ¡Creo que prefiero a Charlie Rivel y su silla antes que vuestras batallitas con la muskoka!

  2. Cacho-Wife dice:

    Lo haces sonar como si tuviéramos la silla instalada dentro de casa delante de la tele o algo. Me gustaría aclarar que eso no era el caso, que la silla estaba guardada en una esquina como en casa de gente normal.