Lo peor de cambiar pañales

Mi cacho-carne y yo hemos cambiado muchos pañales. Haciendo un cálculo así muy básico, si el cachito-carne lleva unos trece meses con nosotros, a poco que hayamos cambiado al menos un pañal al día, ya me salen unos cuatrocientos pañales. Y un pañal al día, al ritmo que los usa un bebé durante su primer año de vida y con la cacho-wife atenta a que no caigamos en la vagancia, es una cuenta muy conservadora.

Así que pongamos que en el último año hemos cambiado al menos mil pañales, que se dice pronto.

Hemos cambiado pañales cómodamente en el cambiador, en el suelo porque al cachito-carne no le apetecía el cambiador, en el coche, en el baño de la estación de servicio, en un centro comercial con baños impolutos, en un centro comercial con baños que huelen a cuarenta y siete años de no haberlo limpiado bien a fondo, en el baño del avión al principio del vuelo cuando todo huele a rosas, y en el avión al final del vuelo cuando parece la escena que tenía en la cabeza el que puso el título a la peli de Apocalypse Now.

Hemos cambiado pañales que estaban más limpios y secos que al sacarlos de la bolsa, pañales que parecía que iban a dar miedo y luego no, y explosiones que no se habrían atrevído a meter ni en la versión del director de Apocalypse Now.

Y la verdad es que hay tareas muchísimo peores en esta vida que cambiar pañales. En realidad que la cosa vaya bien o mal depende completamente del estado de ánimo del cachito-carne: si está tranquilo y te deja dedicarte a lo tuyo, perfecto y en un par de minutos estás listo. Pero si no quiere estar tumbado, o le da por dar patadas o mover mucho las manos, ahí es donde vas a tener problemas y acabar teniendo que limpiar diferentes partes del cuerpo y diferentes superficies de la habitación.

Así que en general lo llevo bastante bien. Pero hay una cosa que me supera, pese a toda la práctica y mediatación diaria de estos trece meses.

Cuando estamos ahí en mitad del cambio de pañales y ha tocado uno de los malos; cuando el cachito-carne está tumbado a la bartola mientras a mí me toca arremangarme y meter las manos ahí dentro con la misión de dejarle el culito impoluto, sudando la gota gorda para que no caigan manchurrones en su ropa o en la pared o en los muebles; cuando noto en el dorso de la mano ese calorcillo pastoso que significa que acabo de tocar caca de otro ser humano… lo que peor llevo es que encima el que esté llorando sea el cachito-carne y no yo.

Que no estoy pidiendo que me de las gracias al terminar, pero sí estaría bien un poquito de empatía ¿no?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.