Toronto no entiende el metro

Una de las cosas que más nos echan en cara a los madrileños cuando vamos por el mundo es que se nos llena la boca con eso de que tenemos uno de los mejores metros del mundo. Y puede que sea verdad que somos un poco cansinos, pero ¿sabéis quienes no van por el mundo fardando de metro? Los torontonianos. Porque a estas alturas esta ciudad todavía no ha entendido cómo funciona el invento.

Empezando por lo básico, para que el metro sea útil tiene que haber diferentes líneas y muchas estaciones para que puedas subirte y bajarte donde quieras para ir a cualquier parte de la ciudad. Es de cajón, pero está claro que Toronto no lo ha cogido. Aquí van unos ejemplos visuales para que veáis de lo que hablo:

Pues eso, dos líneas. En el plano aparecen cuatro, pero no os dejéis engañar que las que cuentan son dos: la verde, que cruza en línea recta de este a oeste; y la amarilla, que hace una U de norte a sur. Pero no una U en plan vamos a conectar bien la ciudad, no. Una U estrechita, que se puede ir andando en siete minutos de un lado a otro (aquí va un mapa para que veáis que no exagero).

Cuando hablas de esto siempre aparece alguien con estudios que te saca las razones para que Toronto tenga un metro mierdoso y no haga nada por solucionarlo, con dos argumentos clave: que hay una red de autobuses y tranvías que cubre toda la ciudad; y que la ciudad es muy extensa y con relativamente poca densidad de población con lo que cada kilómetro de metro es muy caro para el número de posibles usuarios que añade. Y aunque todo es discutible y otro día hablaré de esos autobuses y tranvías, el problema del metro de Toronto no es sólo el mapa. Es que la gente tampoco sabe usarlo.

Imaginad el metro lleno, en plan las 8:45 de la mañana y todo el mundo entra al trabajo a las nueve en punto (y nadie llega ni cinco minutos antes). En diecisiete años de coger el metro para ir al colegio, a la universidad y al trabajo en Madrid, a esas horas todo el mundo hace lo posible por reducir su espacio vital y ocupar hasta el último resquicio de vagón. El metro somos todos y hay que apretarse.

Pues en Toronto eso no pasa. Aquí la gente se queda lo más cerca de la puerta que puede. Incluso si tienen que bajarse para dejar salir a los que están más al fondo, se vuelven a subir y en vez de pasarse ellos al fondo ahora que hay más hueco (hemos visto salir a gente) se vuelven a quedar en la puerta, como si tuviesen miedo de no poder salir luego. Así forman una barrera humana que, cuando te quedas fuera sabiendo que al fondo hay sitio como para celebrar una boda gitana, toca tanto las narices que al siguiente metro cargas como un toro en el primer tercio. Lo peor es cuando ves que salen seis personas y luego «sólo hay hueco» para tres de los que estábamos esperando, porque ahí ya sientes que te están vacilando.

Esto, que como digo me revienta increíblemente, tiene su origen en una cosa de lo más absurda: Los torontonianos no se saben lo de preguntar «perdona, ¿te bajas en la próxima?» para ir preparando la vía de escape, ni han entendido que es mucho más fácil salir si te preparas desde la estación anterior en vez de esperar a moverte al último segundo antes de que se cierren las puertas en tu parada. Por eso van en el metro con miedo de no ser capaces de salir.

Si a todo esto le añades que cada viaje cuesta tres dólares (que vale, con el cambio actual es una ganga, pero considerando el servicio es carete comparado con otros sitios) y que se rompe cada dos por tres creando el caos en la ciudad, entenderéis que vaya en bici al trabajo: es más rápido, más sano, más barato y llegas de mejor humor.