El día que conduje un camión con toda mi vida dentro

El pasado 31 de enero nos mudamos a nuestro nuevo hogar, sumando la tercera mudanza desde que llegamos a Toronto hace cuatro años. Es una cosa que a la gente de aquí le parece más normal, porque prácticamente cada año de universidad han vivido en un sitio distinto, pero para mí que entre 1985 y 2007 me mudé de casa exactamente una vez sigue siendo un dato impactante.

Lo curioso es que uno piensa que cada mudanza es más sencilla que la anterior, por aquello de que ya sabes cómo funciona el asunto y la mejor forma de meter un sofá por la ventana, pero no. Cada mudanza se hace más difícil porque cada mes, prácticamente cada semana, tienes más cosas en tu vida. Quiero decir más objetos materiales, que vas acumulando sin darte cuenta hasta que llega el día de mudarte y la realidad te golpea con un tsunami de cajas.

Por poner un ejemplo práctico, a nosotros la realidad nos golpeó con un contundente «esto ya no es como cuando viniste de España con dos maletas y un abrigo que pensabas que era suficiente para el frío canadiense; ahora hay una tele, un sofá, estanterías, libros, tres abrigos, aire acondicionado… y unas veinte cajas de cosas de cocina». Y aunque hemos vendido y regalado muchas cosas, de las cosas de la cocina es difícil deshacernos de nada porque usamos todo, desde las cucharas para pomelos hasta la máquina de envasar al vacío.

Es entonces cuando te das cuenta de que ya no puedes hacer la mudanza con un par de viajes del Citroën C3 (a.k.a «Huevito»), sino que te hace falta alquilar un camión. Así, con todas las letras: c-a-m-i-ó-n. Y como alquilar el camión sale a $60 al día (y aquí no hace falta carnet especial) y llamar a la empresa de mudanzas sale mínimo a $700, la siguiente de lo que te das cuenta es de que te toca a tí conducir ese camión.

camión mudanza
Nuestro «equipo tetris» se pasó todos los niveles.

Que sí, que un tercio de los que estáis leyendo esto diréis que qué cosa tan guay, pero imaginaos el percal: no has conducido un camión en tu vida, tienes que ser capaz de aparcarlo en una calle del centro de la ciudad y te mudas en pleno invierno canadiense que lo mismo hace bueno, lo mismo hay medio metro de nieve o lo mismo la calzada es una pista de hielo. Y todo es con el camión lleno de absolutamente todo lo que posees en esta vida, para añadir tensión.

Por suerte el día salió muy bueno (casi primaveral, se llegó a oir entre caja y caja), en el último minuto vendimos el aire acondicionado y la barbacoa (que menos mal, porque no habrían cabido en el camión) y con ayuda de mi excelente copiloto Sarah hasta disfruté de la experiencia. Incluso aparcar fue mucho más fácil de lo que imaginaba, pero puede que sea por aquello de haber crecido aparcando en el centro de Madrid que hace que los huecos parezcan más grandes.

También tengo que decir que, viendo el estado del camión de alquiler y sabiendo que no hace falta carnet de conducir especial ni experiencia ni nada, me da la impresión de que cuando los demás conductores ven aparecer el mostrenco por la calle hacen todo lo posible por facilitarte la vida, por si acaso.

En resumen, que pese a tener todo en contra conseguimos convencer a suficientes amiguetes de que nos ayudasen a mover todas nuestras cosas de cocina a nuestra nueva casa a cambio de unas pizzas y unas cervezas. Porque, amigos, ahora vivimos a dos calles de una fábrica de cerveza estupenda. Pero eso es para otro post.

 

Hay 3 comentarios a este artículo

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  1. Migu dice:

    Si cuando llevaba el Huevito con una puerta abollada ya me daba la impresión de que siempre me salía con la mía, imagino lo que debe ser con un camión de esos XD

  2. Pah-put-xee dice:

    ¿Aire acondicionado en Toronto? El botón de encendido se llama aquí «picaporte de ventana».

    1. dresde dice:

      Cuando vengas en verano verás que aquí hace bien de calorcito, y bien pegajoso con la humedad y eso. Es corto pero intenso.