Un mes con perro

Quien conoce a mi cacho-carne sabe que es de esas personas a las que le gustan los perros, y él a los perros también les suele caer bien. Tanto, que si ves a mi cacho-carne con un perro y te refieres a mi cacho-carne por el nombre del perro y al perro por el nombre de mi cacho-carne no serías la primera persona en confundirse. Ni la segunda. Ni la tercera. Tal es la relación de mi cacho-carne con los perros. Así que cuando los padres de su novia nos pidieron que cuidásemos de Dalí durante todo un mes mientras ellos se iban de vacaciones dijimos que sí dando saltos de alegría, porque además Dalí es de esos perros en el top de perros molones de la historia junto con Chapin y Bugui (si no entiendes la referencia es que no eres de la familia), y es un perro bien entrenado que siempre hace caso y nunca da problemas.

Lo mejor del asunto no era que fuesemos a tener un perro molón en casa durante todo un mes, sino que ya sabíamos que a finales del verano nos mudábamos a nuestro primer hogar con jardín y Dalí sería la prueba perfecta para saber si incluíamos un perro en la familia o no. Y para no teneros en vilo os voy contando el resultado: por más que nos guste la idea de tener un perro no estamos preparados para todo lo que ello implica. Ahora vamos con toda la historia y sus chascarrillos… pero antes otro aviso: que en este artículo cuente nuestras penurias mientras hemos cuidado de Dalí no ha cambiado en absoluto nuestra opinión de Dalí (que sigue molando mil) ni sobre los perros en general. Y no es que hayamos sufrido, para nada, hemos disfrutado de Dalí y tener perro. Pero aquí me centro en la parte menos buena porque es lo que más nos ha sorprendido.

Retrato de Dalí
Además de salao es más bonico que las pesetas, eh…

Para empezar, hay que entender al perro en cuestión. Dalí vive en una casa en las montañas donde es el amo y señor de un buen cacho de bosque, y en donde ninguno de los escasos vecinos tiene perro. Además, su «padre» ya está jubilado y por tanto pasa más tiempo en casa que alguien que tiene que ir a la oficina todos los días. Así que lo primero que nos encontramos fue un serio problema de adaptación a la ciudad. No es fácil pasar de estar acompañado casi todo el día a estarse solito nueve horas al día en un piso enano. Y no es fácil pasar de un sitio que huele a pino, naturaleza y algún animalillo salvaje a una ciudad donde cada farola, cada árbol, cada poste, cada bomba de agua de los bomberos y cada esquina recibe el pis de diez perros cada mañana. Básicamente, hemos tenido a Dalí un mes pasando de 9 horas de aburrimiento absoluto a media hora de sobre excitación de sus sentidos perrunos, así que creo que es normal que estuviese más cansino de lo normal. Y quiero insistir en este punto porque los que conocemos a Dalí sabemos que es de esos perros que hace caso cuando le das órdenes, nunca intenta escaparse, no trata de comerse a nadie y pocas veces monta una escenita de ladridos.

Pero que Dalí estaba estresado se veía a la legua, y seguramente es un hecho que ha influenciado enormemente nuestra experiencia perruna. Por ejemplo, en todo el mes ha sido imposible jugar con él fuera de casa, porque tantos olores nuevos a su alrededor le distraían constantemente. Cuando conseguíamos que nos prestase atención y tirábamos la pelota iba a por ella…. y a medio camino cambiaba de dirección y se ponía a olisquear algo. Seguramente pis, pero da un poco igual, el caso es que si no nos hacía caso para jugar imaginad para cosas como «ven aquí», «deja de ladrar», «sientate» o «deja de intentar mantener relaciones sexuales con ese otro perro». Y esto último es un poco problemático. Por un lado, entiendo la necesidad del perro y la capacidad del otro perro de decir que no, así que me parece totalmente natural, lógico y hasta cierto punto divertido que lo intente. Por otro, hay dueños de perros que no comparten mi visión y entonces la situación se vuelve un poco incómoda, sobre todo porque Dalí no está castrado y, como adolescente incauto y super hormonado, puede hacer que la cosa termine en un embarazo no deseado o en una pelea descomunal.

Dalí y Xavi
A los otros perros bien que quería darles amor, pero a este calcetín bien que quería soltarle un mordiscazo… no fue fácil sacar una foto.

Pero la verdad es que la cosa no hubiera sido tan incómoda de no ser por las tendencias sexuales de Dalí. El segundo día que fuimos al parque de perros apareció otro perro macho que intentó darle a Dalí lo suyo y lo de su primo, a lo que Dalí respondió dando mordiscazos a diestro y siniestro. Lo curioso es que a partir de ahí (como donde vive no hay perros no sabemos si viene de antes) Dalí también mostró mucho más interés por los perros con dos colas, que en el 100% de los casos también respondieron dando mordiscazos a diestro y siniestro. Y el problema no es ese, porque viviendo en el barrio gay la verdad es que no parecía que la gente tuviese mucho problema con ese tema y estas cosas pasan, sino que pese a los mordiscazos Dalí seguía intentándolo y la cosa acababa en bronca descomunal. Cierto es que cuando lo intentaba con una perra el resultado era prácticamente el mismo, pero ni les insistía tanto ni desataba las mismas peleas. El caso es que más de una vez hemos tenido que sacar a dalí del parque de perros para que volviera a reinar la paz.

Para terminar el anecdotario sexual de Dalí (que si a la gente le interesa lo que hace o deja de hacer y a quién se lo hace fulanito en el reality show de turno… esto es mucho más interesante) lo mejor lo vimos el último día. Había un perro canijo que intentaba montar a todos los demás perros, incluso aquellos tres veces más altos que él y que ni se daban cuenta de que les estaban intentando violar. El caso es que el perro acabo yendo a por la pierna de un niño de unos diez años que también estaba en el parque de perros, causando el consiguiente revuelo (no mucho, que en ese parque todo el mundo es bastante majete). Lo gracioso es que como tres minutos después Dalí intentó cepillarse a ese mismo perro, que como siempre se revolvió dando mordiscazos. Y entonces oí una de esas cosas que uno no espera oir en un parque de perros en Canadá delante de un niño, dicho por la propia madre del niño: ¿Qué pasa, no te gusta tu propia medicina? Te gusta dar pero no recibir, ¿eh?

Aventuras sexuales a parte, como ya he dicho Dalí se perdía entre tanto pis que oler. Y eso nos ha abierto los ojos sobre la higiene urbana en general, porque cuando vas con el perro te das cuenta que cada centímetro cuadrado de la ciudad está impregnado de pis de perro. Lo que pasa es que los perros de la ciudad están acostumbrados, mientras Dalí lo flipaba. Todos, absolutamente todos los días durante sus vacaciones en Toronto hemos hecho el mismo recorrido para ir a los mismos parques de perros donde estaban los mismos perros. Y todos, absolutamente todos los días Dalí ha olido cada árbol como si fuese la primera vez, y olído los culos de los otros perros como si no los hubiese olido nunca. Y claro, si todo olía tanto a pis de otros perros Dalí sentía la necesidad no ya de dejar su marca, sino de eclipsarles a todos. Así que aunque no os lo creáis estamos seguros de que Dalí ha estado bebiendo mucha más agua de la habitual porque el primer día que salimos se quedó sin reservas de pis antes de llegar al parque de perros. Y lo peor es oírle beberse el bol entero justo antes de irse a dormir, porque sabes que toda ese agua va a tener que salir al amanecer…

paseando a dalí
Resumen de una mañana con perro.

Cuando digo «al amanecer» es literal, y gracias a que era pleno verano. En invierno habríamos estado sacando a Dalí en noche cerrada. Para que os hagáis una idea, el primer día nos levantó a las cuatro y media de la mañana, y luego a las seis y media otra vez. A partir de ahí aprendimos a decirle que no y tratábamos de aguantar en la cama hasta las seis. El truco es hacerte el dormido cuando sientes una presencia perruna cerca de la cama, pero tienes que hacerte el dormido perfectamente porque a la que abres un ojo medio milímetro Dalí sabe que ha ganado. El caso es que había que levantarse a las seis de la mañana todos los días (y los perros no saben lo que es un fin de semana), pasear por una ciudad desierta a esas horas, tocar mierda de perro y volver a casa. Eso sí, si Dalí no nos hubiese despertado tan temprano tampoco habríamos tenido tiempo para sacarle antes de ir al trabajo, así que al menos los días laborables tenía alguna justificación.

Pero lo que peor llevábamos no era lo de madrugar y tocar mierda, sino cuando Dalí se podía a ladrar. Y no por nosotros, sino por los vecinos. Si nosotros oíamos al vecino cantar karaoke por las noches (no es ni una metáfora ni una coña, sino verdad verdadera) cuando un perrazo como Dalí se pone a ladrar se debe de oir en toda nuestra planta. Cuando ladrá porque está requete excitado (cuando sabe que va a salir a la calle, o cuando se ha pasado todo el día solo y llega alguien a casa) no hay forma de pararle, y sientes una impotencia del copón. Al final por suerte no tuvimos problemas con los vecinos, y la verdad es que (y con esto empezamos con las cosas buenas de tener perro) la forma con que nos recibía Dalí todos los días te hacía sentir genial. Esa genuina alegría de verte (o de saber que no le has abandonado), tanta que no se puede conter y ladra y se te tira encima y lloriquea… pues ni una madre cuando va a buscarte al aeropuerto después de meses sin verte. Y eso todos los días.

airdale terrier caza
¡Chst! ¡Creo que he oído una ardilla!

Otra cosa buena de tener a Dalí ha sido que hemos pasado mucho más tiempo en la calle. Jugando, corriendo, persiguiendo ardillas o simplemente viéndole olisquear cosas… lo cierto es que hemos sacado tiempo para ir al parque al menos dos horas cada día a disfrutar del verano. Y aunque haya habido que recoger mierda (y si tienes que recoger mierda dos veces al día antes o después tocas mierda con tu mano desnuda, ahí lo dejo) ha sido un buen cambio comparado con pasarnos el día delante del ordenador. Sí, el blog ha sufrido un abandono récord este verano, pero mi cacho-carne está mucho más moreno de lo normal. Además, ir por la calle con un perro guapo y simpático es la mejor manera que yo he visto de ligar. Chicas (y chicos, que estamos en el barrio que estamos) te paran para acariciar al perro, sonreirte y sugerirte que su perra y tu perro deberían ser novios. Así que chavales, si tenéis quince años y no os coméis una rosca compraros un perro y sacarlo a pasear todo lo que podáis. Mi cacho-carne y su hermano lo que sacaban era la basura y ya os digo yo que no funciona igual.

Pero donde más mola Dalí es en el coche. Le encanta el coche. El coche es guay. Da igual que sea para dar una vuelta de tres minutos, para meterse un viaje de siete horas o para dormir en el camping. Creemos que es porque sabe que si está dentro del coche no tienes manera de abandonarle, pero el caso es que se comporta mejor que en ningún otro sitio, y le da igual que le dejes medio coche para él con sitio para sacar la cabeza por la ventanilla (ou yeah!) o que le tengas rodeado de maletas y tiendas de campaña y sólo tenga el sitio justo para tumbarse. En el coche él es feliz. Y también hace que te tiren piropos desde otros coches… os digo que es un imán.

Dalí en coche
No pregunta «¿hemos llegado ya?» ni una vez, de lo que le gusta el coche.

En resumen, que durante el mes que hemos tenido perro nos lo hemos pasado genial, hemos salido mucho al parque y hemos jugado mucho. Y seguimos pesando que algún día tendremos un perro que nos reciba con alegría después de un duro día de trabajo y nos levante por la mañana. Pero no ahora. Hemos aprendido que tener perro supone planificar toda tu vida alrededor del perro, desde que te levantas hasta que te vas a dormir. No puedes hacer planes de imprevisto (el típico «vamos a tomar algo después del trabajo») porque tienes que volver a casa a sacar al perro. Cuando viajas, tienes que asegurarte de que el perro puede ir contigo. En todo momento y estés donde estés tienes que estar pendiente de que el perro no esté molestando a otra gente (y hay cada memo tiquismiquis que flipas). Quizá sea que aún no hemos llegado a ese punto de madurez en nuestras vidas, o quizá es que somos suficientemente maduros como para pensar fríamente en todo lo que conlleva un perro. Que es básicamente todo lo que el padre de mi cacho-carne ha dicho siempre y por lo que nunca hemos tenido perro.

Eso sí, creo que si vives solo y estás en una ciudad nueva el perro te va a dar mil alegrías y te va a ayudar a salir de casa y hacer cosas. Porque tiene momentos no tan buenos…. pero los perros molan.

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Hay 2 comentarios a este artículo

  1. Nara dice:

    Qué salao Dalí, me encanta!

    No coincido en lo último que has dicho. Yo he llegado a Chile hace unos meses y si me hubiera comprado un perro habría estado casi siempre solito. Yo estoy aprovechando para hacer turismo, salir y conocer gente y eso sin contar con las horas que estoy en el curro.

    Por lo demás coincido en todo. Tener un animal es mucha responsabilidad. Quizá sea egoismo pero yo no quiero tener animales por eso. No quiero sacrificar mi tiempo…

    A ver si consigo ponerme al día con tu blog que hace tiempo que no paso 🙂

    Besos!

  2. Pah-put-xee dice:

    Me parece que esta vez no vendes al perro.