¿Se puede freír en un cazo? ¡Por supuesto!

Una de las grandes críticas que la autora del blog lapommeespagnole.com hace de la cocina española es el predominio de las cosas fritas. Y ojo, que no le falta razón, empezando por los churros del desayuno, las croquetas del aperitivo, las torrijas de postre, la tortilla de patatas de la cena… ¡si hasta tenemos una cosa que se llama “leche frita”! Pero a veces se puede sacar pecho de contar con el gen de la freiduría en el ADN.

Como recordaréis, cuando llegó la hora de abandonar nuestra “latilla de sardinas” en Cuatro Caminos decidimos hacer un mercadillo con las cosas de casa que no podríamos llevarnos a Canadá. Como los precios populares de “gratis u oferta mejor” tienen mucho éxito en España, no tardamos en quedarnos sin sofá, vasos… y sartenes.

El problema es que aunque estuviésemos de mudanza aún teníamos que cenar, y por esos avatares del destino sólo nos quedaban en toda la casa ingentes cantidades de vino dulce, empanadillas congeladas y rollitos de primavera también congelados. Así que teníamos la imperiosa necesidad de freír, pero ninguna sartén.

Y ahí es cuando entró mi cacho-carne en plan salvador de la noche. Cogió la botella de aceite y cientos de años de tradición culinaria ibérica y se frió los rollitos y las empanadillas en un cazo, exprimiendo al máximo el gen de la freiduría. Podéis ver la prueba en la foto.

Freír en cazo no sólo es posible, sino perfectamente aceptable (si la ocasión lo requiere).

Lo que no nos esperábamos es que, por primera vez en dos años, las empanadillas de mi cacho-carne no estuviesen quemadas (“es que no me hago con la vitrocerámica esta”, decía…) y de hecho tanto las susodichas como los rollitos estaban en un punto perfecto. Tanto que estamos pensando en sacar esta receta en grandes ocasiones como bodas, bautizos y navidades para impresionar a los guiris, que ya con la cantidad de aceite se les salen los ojos.

¿Y qué podemos aprender de esta historia? Para empezar que cuando el hambre aprieta todo está estupendo. Segundo, que un español puede freír lo que sea, con lo que sea y como sea. Y tercero, pero no por ello menos importante, que desde que la novia de mi cacho-carne está en Canadá él tiene mucho más tiempo para escribir gilichorreces.


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