Viaje a Sudáfrica: mi primera vez en el hemisferio sur

Si una cosa buena tiene el que España esté hecha una mierda es que al final tienes amiguetes exiliados por medio mundo a los que, con un poco de suete, puedes ir a hacer una visitilla. Lo saben todos los amiguetes de mi cacho-carne y su novia que han venido a vernos a Toronto, y lo sabemos nosotros que acabamos de volver de visitar a nuestro amiguete Diego nada menos que en Sudáfrica. Un viaje al que le teníamos tantas ganas que compramos los billetes de avión con siete meses de antelación, que es bastante más que cuando nos mudamos a vivir a Holanda o a Canadá.

Y no es para menos. Para empezar, es la primera vez que vamos al hemisferio sur, que es algo que ya de por sí mola bastante, y para continuar, en Sudáfrica hay tantas cosas que hacer que lo difícil de planificar este viaje ha sido decidir lo que no íbamos a hacer: ver focas, ver pingüinos, ir de safari, montar en avestruces, surf, submarinismo, submarinismo con tiburones, submarinismo con focas, safari marítimo, visitar bodegas, visitar micro-destilerías de cerveza, puenting, tirolinas, playa, senderismo, parapente, barbacoas, Robben Island, el Cabo de Buena Esperanza, ir a tocar leones, subirse en elefante, comer en restaurantes del copón, comer comida tradicional, comer animales desconocidos, subir a Table Mountain…

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Así que aunque sólo hemos podido estar allí dos semanas (el 100% de las vacaciones que te dan en Canadá al empezar a trabajar, ojo) gracias a las excelentes dotes de planificación de la cacho-novia le hemos sacado un provecho enorme. Hicimos nuestra lista de prioridades y fuimos descartando cosas y encajando los días hasta acabar con un viaje inolvidable. El plan era tan perfecto que aguantó incluso el quedarnos atrapados en Toronto por el frío y porque el personal del aeropuerto no tenía su mejor día: tardamos tanto en llegar a donde le quitan el hielo al avión antes de despegar que nos quedamos sin gasolina, así que tuvimos que volver a poner más, pero tardamos tanto que el avión se quedó atascado en la nieve y para cuando lo sacaron tenian que quitarle el hielo otra vez. En total cinco horas de retraso por las que perdimos la conexión en Amsterdam y no llegamos a Ciudad del Cabo hasta veinticuatro horas después de lo que deberíamos. De hecho casi perdemos el safari (hubo dos horas de pánico total), pero al final todo salió bien y aprovechamos para dar una vuelta por Amsterdam y recordar los tiempos del Erasmus.

Volviendo al hemisferio sur, hay dos cosas que creo que tengo que dejar claras antes de seguir: la primera es que el agua efectivamente gira en sentido contrario al irse por el desagüe, y la segunda es que efectivamente las estaciones van al revés y cuando en Toronto hay tormentas de hielo y temperaturas de -20ºC en Ciudad del Cabo se está de lujo tirando a demasiado calor (creo que queda claro por qué hemos ido en febrero, ¿no?). Dos razones para quedarse un año entero, pero nosotros sólo teníamos dos semanas así que partimos nuestro viaje en cuatro grandes bloques:

1) El safari en Kruger. Será todo lo típico que quieras eso de irte a África a hacer un safari, pero es que mola mil. Estuvimos dos noches en la zona del Parque Nacional de Kruger, y aunque en breve escribiré un post entero sobre el safari os puedo adelantar que teníamos claro que era el plato fuerte del viaje y no nos defraudó, para nada. Vimos cuatro de los «cinco grandes» (león, elefante, búfalo, rinoceronte y leopardo -nos faltó el leopardo), caminamos al lado de girafas, vimos la puesta de sol más impresionante… brutal.

safari-kruger-elefantes
Bebés elefante. No hay más que decir en cuanto al molonismo del safari.

2) La Garden Route. Otro plato fuerte, también cosa típica de turistas en Sudáfrica y también merece toda la fama que tiene. Es la parte del viaje donde puedes hacer de todo: desde comer ostras más grandes que la cabeza de mi cacho-carne (sí, TAN grandes) hasta saltar al vacío desde el puente de puenting más alto del mundo (puente de Bloukrans, 216 metros todos para abajo). En los cinco días que le dedicamos también tuvimos tiempo para bañarnos por primera vez en el océano Índico, montar en avestruz y pasar por el bar de carretera más raro que he visto nunca.

3) Nuestra escapada romántica a Franschhoek y Stellenbosch. Lo de romántica es sobre todo porque, embebidos como estábamos en planear nuestro viaje a Sudáfrica, no caímos en la cuenta de que los dos días que le reservamos era precisamente el fin de semana de San Valentín. Y el sitio no puede ser mejor para una escapada romántica, porque estos dos pueblos están en la zona vinícola más importante de Sudáfrica que, además, es conocida por ser la zona de alta gastronomía. Así que nos os pusimos las botas muy ricamente y probamos todos los vinos que pudimos. También nos hemos traído unas cuantas botellas a Toronto y hemos aprendido cómo abrir una botella de vino espumoso al estilo de Napoleón.

4) El último bloque del viaje son los cinco días que dedicamos a Ciudad del Cabo y alrededores. Sinceramente, creo que son pocos días y que un par más no nos habrían venido mal. A subir a Table Mountain le puedes dedicar un día entero fácilmente, pero es que también tienes que visitar Robben Island (la cárcel donde estuvo Mandela), ir hasta el Cabo de Buena Esperanza parando a ver pingüinos y focas, pasear por Green Market y Company Gardens, ir a comerte un solomillo de campeonato o visitar un township (las comunidades pobres donde vive gran parte de la población negra, parecido a los barrios de chabolas en España). Y en algún momento hacer una barbacoa (braai, prácticamente una religión en Sudáfrica). Ya digo que cinco días son suficientes pero se quedan cortos.

ciudad-del-cabo-desde-table-mountain
Por si alguien no sabe si merece la pena subir a Table Mountain, ahí queda esa vista.

Del tema de la seguridad que tanto preocupa siempre a mi madre y a mi abuela, la verdad es que nosotros no hemos tenido el más minimo problema. Es cierto que es un sitio más peligroso que Madrid o Toronto, pero por lo que hemos visto con estar atento, tener algo más de cuidado de lo normal y no hacer ninguna gilipollez no tiene por qué pasar nada. Eso sí, creo que no hay casa en Sudáfrica que no tenga alarma de seguridad, una buena reja y alambres de espino o valla electrificada. Parece que aún arrastan una paranoia importante en cuanto a sentirse en peligro de la época del Aparheid. Y hablando del tema, algo que viniendo de un sitio tan multicultural como Canadá resulta muy chocante es que todavía existe un abismo social entre negros y blancos. No ves grupos mixtos por la calle, tienen trabajos distintos (en general, adivinad quiénes sirven mesas y quiénes tienen trabajos cualificados…), tienen sueldos distintos cuando hacen los mismos trabajos, y viven en barrios distintos (ya he mencionado los townships). Con todo eso, las posibilidades de que un niño negro vaya al mismo colegio y reciba la misma educación que un niño blanco son tirando a ninguna, así que no parece que la situación vaya a cambiar mucho en un futuro próximo.

Pero no quiero dejaros con mal sabor de boca, porque nuestro viaje ha sido verdaderamente increíble y me volvería mañana mismo. En los próximos posts intentaré dar toda la envidia que pueda, y si no lo consigo con palabras os aviso que tenemos mil fotos (literalmente) para poneros los dientes largos. Así que si tienes a Diego en el Facebook vete mandándole un mensaje a ver si puedes reservar el sofá, porque el viaje merece mucho la pena y más con un tío majete como él para llevarte a los mejores sitios.